No deja de sorprenderme la manera profundamente contradictoria en la que la sociedad mira a las personas que cuidan su imagen. Admiramos a quienes consiguen construir un universo visual propio, pero al mismo tiempo sospechamos de ellos. Como si dedicar tiempo a la estética automáticamente restara profundidad. Como si cuidar tu imagen y ser bueno en lo que haces fueran conceptos incompatibles. Y pocas cosas resumen mejor esta contradicción que convertirse en un icono de estilo.
Y reconozco que incluso a mí me pasa a veces en casos un poco extremos. Hay perfiles en redes en los que solo veo gimnasio, matcha, pilates, compras, uñas… y en seguida hay un pensamiento fugaz de “qué pereza” o de asumir que quizá no hay mucho más detrás. Y probablemente eso también forme parte del prejuicio colectivo del que hablo. Porque luego recuerdo que yo mejor que nadie sé que una persona nunca cabe dentro de sus stories.
El problema es que hemos aprendido a interpretar la estética como información completa, cuando en realidad casi siempre es solo una pequeña parte editada de alguien.
Ser un icono de estilo hoy ya no consiste únicamente en vestir bien. Va mucho más allá. Es tener una narrativa visual reconocible. Conseguir que una imagen tuya diga algo antes incluso de abrir la boca. Convertirse en referencia estética es casi una forma de comunicación. Y en un mundo hiper visual, eso tiene un poder gigantesco.
Y precisamente por eso los iconos de estilo modernos suelen surgir de las profesiones con más visibilidad. Actores, cantantes, modelos, artistas… personas cuya imagen está constantemente circulando. La fama y la estética hoy están profundamente conectadas porque vivimos en una cultura donde primero vemos y luego pensamos. Antes un icono de estilo nacía del cine clásico o de la música; ahora también nacen de TikTok, Instagram o internet en general. Aunque claro, esos iconos “de redes” siguen considerándose muchísimo menos legítimos culturalmente. Porque al parecer posar para una campaña de lujo después de haber salido de Disney Channel sí es aceptable, pero hacerlo después de hacer GRWMs en TikTok ya no tanto. Las jerarquías culturales son fascinantes.
Y además, muchas veces ni siquiera lo buscan de manera consciente. Hay personas que simplemente conectan con el público porque transmiten algo auténtico visualmente. Su manera de vestir, de moverse, o de mezclar referencias genera interés casi accidentalmente. Luego, cuando entienden que eso conecta, empiezan a utilizarlo también como una herramienta más. No necesariamente de forma manipuladora, sino porque descubren que la estética puede ayudarles a amplificar quiénes son. Muchísimos iconos de estilo nacen así: primero hay una identidad real que atrae y después una construcción más consciente alrededor de ella.
Lo interesante es que muchos de los mayores iconos de estilo no vienen realmente de la moda. Son actores, músicos o figuras públicas que entienden que la imagen también forma parte del discurso. Personas que convierten su presencia en una extensión de su trabajo. Zendaya no sería Zendaya sin esa construcción estética tan suya. Lo mismo ocurre con Rihanna, Cher, Harry Styles o Jacob Elordi. No son simplemente personas “bien vestidas”. Entienden que la imagen puede convertirse en una herramienta de influencia.
Y las ventajas son evidentes. La moda amplifica. Multiplica la atención. Te convierte en alguien memorable en una industria saturada de gente talentosa. Una buena imagen abre puertas que a veces el talento por sí solo tarda años en abrir. Las campañas con grandes marcas, las portadas, las invitaciones a las primeras filas, las alfombras rojas… todo eso forma parte de un sistema donde la estética tiene muchísimo valor económico y cultural.
Hoy, en realidad, ser un icono de estilo es casi una profesión paralela. Hay actores cuya presencia en desfiles genera más titulares que sus propias películas, nos guste más o menos. Artistas cuya colaboración con firmas de lujo tiene más impacto que algunos lanzamientos musicales. Y no necesariamente porque su trabajo sea peor, sino porque vivimos en una época donde la imagen circula más rápido que cualquier otra cosa. Una foto puede recorrer el mundo en segundos. Un look puede convertirse en conversación global. La estética se ha transformado en lenguaje.
Pero ahí aparece también la parte negativa del asunto.
Porque históricamente, especialmente en el caso de las mujeres, cuidar la imagen casi siempre ha tenido un precio intelectual. Durante siglos, a las mujeres atractivas o interesadas por la moda se las ha reducido a eso, invalidando casi automáticamente cualquier otra capacidad. Como si disfrutar de la estética fuese incompatible con ser culta, talentosa o compleja.
Y lo peor es que esto sigue pasando constantemente, solo que ahora disfrazado de ironía o de cultura pop. Basta mirar algunos titulares:
“¿Actriz o influencer?”
“La reina de las alfombras rojas… ¿y de la música también?”
“Más looks virales que premios.”
“Famosa por vestir bien.”
“Otra celebridad convertida en maniquí de lujo.”
“¿Cantante o embajadora de marca?”
Siempre hay una insinuación detrás: si una persona controla demasiado bien su imagen o no como tu crees que debería, entonces quizá no pueda ser tan buena en lo demás.
Y aunque durante muchísimo tiempo esto ha recaído especialmente sobre las mujeres, empieza a verse también en hombres que construyen una identidad estética muy marcada. Jacob Elordi es un buen ejemplo. En teoría internet lleva años pidiendo hombres interesantes y con personalidad visual. Pero en cuanto uno aparece, empiezan también las burlas: que si “se gusta demasiado a sí mismo”, que si “modelito”, que si parece más preocupado por las marcas que por actuar. Como si cualquier hombre que participe demasiado activamente en la moda amenazara todavía cierta idea tradicional de masculinidad.
Luego están por supuesto, las criticas a grandes personajes como Almodovar que señalan su supuesta contradicción por vestir de Prada. Os animo a leer un poco sobre Miucca Prada y su pensamiento político.
Porque en el fondo sigue existiendo la sospecha de que la estética resta autenticidad. Que quien controla demasiado bien su imagen quizá esté ocultando algo detrás. Y sinceramente, me parece una idea bastante anticuada.
Quizá por eso me interesa tanto este tema. Porque después de escribir Iconos de estilo: de Cleopatra a Zendaya, una de las cosas más evidentes que he visto es que la historia está llena de figuras que utilizaron la imagen de manera estratégica muchísimo antes de Instagram. Cleopatra entendía el impacto visual como herramienta política. María Antonieta convirtió el vestuario en espectáculo. Diana de Gales usó la ropa para comunicarse emocionalmente con el mundo. Y aun así, muchas veces todas ellas fueron reducidas únicamente a su apariencia. Y sufrieron por ello más de lo que podemos imaginar.
Muchas veces el problema no es solo cómo te perciben los demás, sino cómo acabas editándote a ti misma para evitar ciertas percepciones. Actrices que moderan cómo se visten en entrevistas para parecer “más serias”. Artistas que intentan no verse demasiado producidas para que no las acusen de superficiales. Mujeres inteligentes aprendiendo constantemente a equilibrar cuánto pueden disfrutar de la estética sin que eso les reste legitimidad. Como si hubiera una línea invisible entre “interesante” y “demasiado femenina”.
Emma Watson comentó durante años que tenía muchísimo cuidado con cómo se presentaba públicamente porque sentía presión por equilibrar feminidad, moda e inteligencia académica sin que una anulase a la otra. Especialmente durante la etapa de Brown University.
Y sinceramente, creo que ya va siendo hora de dejar de enfrentar ambas cosas. La imagen no debería restar credibilidad. Debería sumar otra capa más de expresión para quien disfrute de ella. Hay personas a las que simplemente les interesa la estética igual que a otras no les interesa. Yo siempre defiendo ambas cosas pero una no puede ser mejor que la otra.
De hecho, bajo mi punto de vista, construir una identidad visual coherente requiere muchísima sensibilidad cultural. Entender referencias, historia, símbolos, narrativas. La moda no es frívola por defecto. Lo frívolo es pensar que todo lo relacionado con la imagen carece automáticamente de profundidad.
Y quizá por eso seguimos obsesionados con los iconos de estilo. Porque representan algo aspiracional pero también peligroso: el poder de ser vistos. Y durante siglos, especialmente para las mujeres, ser demasiado visibles siempre ha tenido consecuencias.
Besos,
Erea.

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