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ALL THAT SHE WANTS · Mar 21, 2026

Lo que está volviendo (y no queríamos ver)

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Hay algo que está volviendo.

Hay algo que está volviendo.

No sé si lo habéis notado también, pero yo llevo meses sintiéndolo como un ruido de fondo que cada vez suena más alto. En alfombras rojas, en campañas, en redes, en los cuerpos que vuelven a ocupar titulares. Una estética concreta. Una delgadez muy específica. Y una juventud casi obligatoria.

Pensábamos que habíamos avanzado. Que habíamos ensanchado el marco. Que, al menos un poco, habíamos dejado de mirar siempre hacia el mismo sitio. Pero parece que no. Parece que el body positive murió cuando apareció Ozempic.

Y no sé muy bien qué hacer con esto.

Es complicado de verbalizar porque no quiero hablar sobre el cuerpo de otras mujeres. No quiero poner el foco en ellas. Es inevitable que la conversación pase por ahí, porque son las imágenes que vemos, los cuerpos que se celebran, los referentes que se repiten. Pero no es sobre ellas.

Es sobre lo que miramos. Y cómo lo miramos.

Pienso mucho en algo que me pasa a veces en Instagram. Veo fotos de personas que conozco, y sé (porque las conozco) que, por desgracia, han tenido problemas con la alimentación. Y leo los comentarios:
“Qué cuerpazo.”
“Estás increíble.”

Y me quedo con una sensación extraña. Porque, en realidad, nadie está haciendo nada “malo”. Nadie está atacando. Al contrario, todo parece amable, luminoso, positivo. Pero hay algo que no encaja. Algo que incomoda.

¿No lo ven? ¿O no quieren verlo?

No es una cuestión de señalar a quien recibe esos comentarios. Tampoco a quien los escribe. Es más complejo que eso. Es como si colectivamente hubiéramos perdido cierta sensibilidad para detectar cuándo lo que estamos celebrando no es tan inocente como parece.

Y, al mismo tiempo, ocurre lo contrario. Cuando no hay ese canon, cuando el cuerpo se sale de la norma, o directamente cuando alguien cae mal (aunque sea delgada por constitución), ahí sí aparece la crítica, la corrección, el juicio. Como si existiera una especie de radar selectivo: celebramos sin cuestionar en un caso, y cuestionamos sin parar en el otro.

Hablamos de deconstrucción, pero seguimos operando con los mismos códigos de siempre.

Ya no es solo estar delgada. Ahora es, sobre todo, parecer joven. Es mantenerse en una especie de presente congelado donde el cuerpo no cambia, no pesa, no envejece. Vimos La sustancia y no aprendimos nada.

Y yo, sinceramente, si pudiera pedirle algo a la vida no sería parecer siempre más joven. Le pediría no obsesionarme con parecer más joven. Porque eso es lo realmente importante.

Estoy bastante segura de que muchas de esas celebrities que, entre una cosa y otra, ahora parecen tener 20 años menos, en realidad no están del todo tranquilas con el tema, sino luchando contra el paso del tiempo con todos los medios a su alcance. Y eso me produce mucha tristeza.

Le pido a la vida que mi energía no se vaya en sostener una imagen. Que mi cabeza no esté ocupada en medir, comparar, ajustar. Que el cuerpo no sea un proyecto constante de corrección.

Hay algo especialmente incómodo en cómo los medios siguen tratando estos temas: ese tono aparentemente elogioso que, en realidad, es profundamente limitante. Titulares como “espectacular a sus 60 años” o “presume tipazo pese a su edad” no son halagos inocentes, son recordatorios constantes de que el valor sigue estando condicionado. Como si envejecer fuera un defecto que hay que compensar, como si la belleza tuviera fecha de caducidad y lo admirable fuera “seguir pareciendo joven” en lugar de simplemente existir en el propio cuerpo sin tener que justificarse. Ese tipo de lenguaje no amplía la mirada, la estrecha. Y, sobre todo, perpetúa la idea de que hay una forma correcta (y, por tanto, otra incorrecta) de habitar el tiempo.

Y lo más inquietante es que ese lenguaje no se queda en los titulares: se filtra. Se nos mete dentro sin darnos cuenta y acaba apareciendo en nuestras propias conversaciones, en cómo miramos, en cómo hablamos. Repetimos esas fórmulas —“para su edad está increíble”, “no aparenta los años que tiene”— como si fueran halagos neutros, cuando en realidad arrastran toda una forma de medir el valor de los cuerpos. Y así, casi sin querer, terminamos sosteniendo el mismo sistema que decimos cuestionar.

Por eso quizá no se trata de señalar hacia fuera, sino de afinar hacia dentro. De preguntarnos desde dónde miramos. Qué celebramos. Qué repetimos sin darnos cuenta.

No tengo respuestas cerradas. Solo esta sensación insistente de que algo se está reactivando. Y la intuición de que, si no lo miramos de frente, volveremos a estar exactamente en el mismo lugar del que pensábamos haber salido.

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