Para algunos, con la llegada de septiembre acaba el verano. Otros recuerdan que, objetivamente, aún quedan 23 días. Luego está mi amiga María, que cada 15 de agosto, desde que tengo uso de razón, dice: “Alá foi o verán”.
Yo suelo ser de los optimistas porque septiembre es un mes que me gusta. De alguna manera, todavía consigo que me motive eso del «nuevo curso». Me gusta la temperatura que hace, los reencuentros y esa época en la que aún estamos un pelín morenos y guapos.
Pero este año acabo de volver a Madrid y tengo esa sensación de fin del verano aunque haga 37 grados. Y es que ya no me sale eso de romantizar Madrid en agosto: qué vacío, qué gusto, se puede aparcar, no hay que hacer colas... Qué triste. Lo que debería ser normal nos parece extraordinario. A veces nos conformamos con muy poco.
Encontrar sitio para cenar sin reservar o poder aparcar a la primera nos parecen pequeños lujos cuando, pensándolo bien, son simplemente cosas que deberían poder ocurrir en una ciudad normal.
Y eso que yo tengo la suerte de no tener que meterme en una oficina cada día. Tengo que trabajar todo lo que no he trabajado estando fuera (y que juré que esta vez encontraría ratitos para hacer), pero también tengo tiempo libre. Y, aun así, no lo siento como verano.
Creo que el verano se termina primero en la cabeza y después en el calendario.
Puedes tener una tarde libre, salir a comer, darte un paseo, incluso tumbarte un rato al sol, pero si mientras tanto estás pensando en todo lo que tienes que entregar, responder, organizar o solucionar, ya no estás de vacaciones.
Supongo que las vacaciones tienen más que ver con estar tranquilo. Con no tener preocupaciones ni mil cosas pendientes. O, mejor dicho, con conseguir que, aunque las tengas, no estén todo el día dando vueltas por tu cabeza.
Conseguir desconectar, que es una palabra muy manida pero también muy certera.
Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de las vacaciones de verano: dejar de ser tan consciente del tiempo. No saber muy bien qué día es, ni lo que vas a hacer hoy y que eso no importe.
Siempre he dicho que me gusta viajar, pero también me gusta volver a casa. Llevo unos días fuera y empiezo a pensar que ya ha sido suficiente, que está bien volver. Me pasa cuando voy prácticamente a cualquier lugar del mundo.
A cualquiera menos a uno.
Hay un sitio del que nunca siento que tenga que volver. Nunca pienso “ya está bien, ya he tenido suficiente”. Supongo que porque también lo siento como mi casa.
Y quizá por eso allí el verano tampoco parece terminar del todo.
Porque al final el verano no es solo una estación, ni unas fechas concretas, ni siquiera tener vacaciones. Es esa sensación de que todavía queda tiempo. De que nada corre demasiada prisa. De que mañana ya veremos. De que nada es tan importante.
Y esa es la mejor sensación.
Besos,
Erea.

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