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La Pluma de Alex Corzo · Aug 18, 2026

Caminando Hacia Casa

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Alejandro Corzo · La Pluma de Alex Corzo

¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando escuchas estas palabras: vida eterna?

Cuando escuchamos esa expresión casi siempre pensamos primero en tiempo… mucho tiempo. Imaginamos una línea que nunca termina, siglos sucediendo a siglos, un reloj avanzando indefinidamente sin llegar jamás al último segundo.

Pero si pensamos únicamente en su duración, todavía no hemos comprendido la profundidad de lo que significa ni la grandeza de esta maravillosa promesa.

Jesús dijo:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. —Juan 17:3

La vida eterna no consiste solamente en cuánto tiempo viviremos, sino en con quién estaremos. Es conocer a Dios, disfrutarlo y permanecer con Él.

Y conviene decirlo con claridad: esta promesa está en Cristo. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). Ya sé, para algunos esto puede sonar excluyente —y mucho me temo que lo es—, pero el evangelio no nos dice que encontramos la vida mediante nuestra bondad, nuestra religión o nuestros esfuerzos. La vida está en Jesucristo, y se ofrece a todo aquel que cree en Él.

Lo extraño es que quienes ya tenemos vida eterna todavía morimos. Tenemos paz con Dios, pero todavía lloramos. Somos nuevas criaturas, pero nuestros cuerpos envejecen. Cristo nos ha salvado, pero seguimos atravesando pérdidas, enfermedades, despedidas y temporadas que muchas veces no comprendemos.

La eternidad ya comenzó, pero todavía estamos en el camino.

Y quizá pocas imágenes describan mejor ese camino que el Salmo 23.

David habla de un Pastor que conduce a sus ovejas por verdes pastos y aguas de reposo, pero también dice:

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”. —Salmo 23:4

Y al final del salmo levanta la mirada hacia el lugar al que ese Pastor lo conduce:

“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días”. —Salmo 23:6

El Salmo 23 comienza con un Pastor, atraviesa un valle con sus ovejas y termina en una casa.

Tal vez así podría resumirse buena parte de nuestra historia y, de alguna manera, también nuestra esperanza eterna.

Fuimos encontrados por un Pastor —el gran Pastor— que nos llamó por nuestro nombre. Ahora caminamos por un mundo todavía marcado por el pecado y la muerte, pero delante de nosotros hay una casa.

El asunto es que entre el momento en que el Pastor nos encuentra y el momento en que llegamos a casa hay un camino. Y quizá lo que más nos cuesta aceptar es precisamente eso: hay que recorrerlo.

Hay un viejo adagio que dice que lo importante no es solamente llegar al destino, sino aprender a disfrutar el camino. Y en este viaje habrá pastizales verdes y refrescantes, temporadas en las que la vida parecerá florecer: nacerán hijos, aparecerán oportunidades, haremos planes con emoción, comenzaremos proyectos, conoceremos nuevos amigos y descubriremos caminos que jamás habíamos imaginado.

Pero también llegarán valles sombríos, oscuros y fríos. Temporadas en las que parecerá que todo comienza a secarse. Las fuerzas disminuyen, algunas oportunidades desaparecen, ciertas personas se marchan, algunas puertas se cierran y el cuerpo comienza a recordarnos —con una sinceridad a veces poco amable— que no seremos jóvenes para siempre.

Entonces aprendemos una verdad que nuestra cultura procura esconder detrás de la juventud, el éxito, el consumo y el entretenimiento: aquí no podemos conservarlo todo.

Tarde o temprano tendremos que soltar muchas de las cosas que disfrutamos.

Pero la pregunta verdaderamente importante no es solamente qué estamos perdiendo, sino hacia dónde estamos caminando.

La fe cristiana nunca prometió que no atravesaríamos valles. Prometió algo mejor: que no los atravesaríamos solos.

“Porque tú estarás conmigo”. —Salmo 23:4

La presencia del Pastor no hace desaparecer el valle, pero cambia por completo la manera en que caminamos dentro de él.

Hay sufrimientos que la fe no elimina. Hay diagnósticos médicos que tendremos que atravesar, desgastes que tendremos que aceptar, cambios repentinos que nos obligarán a replantear nuestra vida, personas a quienes tendremos que despedir y oraciones cuya respuesta quizá tarde mucho más de lo que quisiéramos. Habrá circunstancias que sencillamente no comprenderemos de este lado de la eternidad.

La esperanza cristiana no pretende hacer pequeñas esas heridas ni decirnos que no deberíamos llorar. Lo que hace es impedir que creamos que nuestras lágrimas son todo lo que veremos en esta vida.

Nos recuerda que estamos viviendo un capítulo que todavía no ha terminado y que Dios está escribiendo algo mucho más grande de lo que alcanzamos a ver desde el lugar donde ahora estamos.

El cristiano puede sufrir, pero su sufrimiento no tiene autoridad para escribir el último capítulo. Puede llorar, pero sus lágrimas no son una profecía acerca de su futuro. Puede atravesar el valle de sombra de muerte —y vaya que puede doler—, pero como camina acompañado del Pastor, no construirá su morada dentro del valle. Su hogar está más adelante.

Si nuestra salvación comenzó en el corazón de Dios antes de que pudiéramos hacer algo para merecerla, nuestra esperanza final tampoco depende de nuestra capacidad para sostenernos de Él.

Es Él quien nos sostiene a nosotros. El mismo Pastor que salió a buscarnos es quien nos llevará a casa.

La Biblia comienza con Dios caminando con el ser humano en un jardín. El pecado rompe aquella comunión y, desde entonces, toda la historia de la redención avanza hacia su restauración.

En este sentido, aparece una de las escenas más tiernas de toda la Biblia:

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos”. —Apocalipsis 21:4

No dice solamente que dejaremos de llorar. Dice que Dios mismo enjugará nuestras lágrimas.

El Dios que sostiene las galaxias se acerca al rostro de sus hijos.

Las lágrimas que quizá nadie vio aquí no serán desconocidas para Él.

Entonces ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor. No habrá salas de hospital ni llamadas que rompan nuestro corazón a mitad de la noche. No tendremos que aprender nuevamente a despedirnos. La enfermedad nunca volverá a cruzar nuestra puerta y la muerte nunca volverá a sentarse a nuestra mesa.

Pero lo más hermoso no será simplemente estar en un lugar maravilloso. Será estar con Él.

Porque el verdadero regalo del cielo no serán las calles de oro, las coronas recibidas ni siquiera el reencuentro con las personas que amamos. Todo eso será hermoso, pero el gran regalo de la eternidad será Dios mismo.

Y todo esto podría parecer solamente una promesa para algún día lejano si Jesús no hubiera dicho: “Yo les doy vida eterna”.

Eso significa que la vida eterna comienza ahora.

Cuando Cristo nos salva, algo del mundo venidero irrumpe en nuestro presente.

Por eso mirar hacia la eternidad no debería hacernos menos comprometidos con esta vida, sino más fieles dentro de ella. Perdonamos porque Cristo nos perdonó. Amamos cuando sería más sencillo endurecernos. Servimos aunque nadie nos reconozca. Seguimos caminando aun cuando quisiéramos detenernos.

Sabemos que esta vida importa profundamente, pero también sabemos que no es todo lo que hay.

Es como si, después de recorrer toda la historia de la redención, la Iglesia levantara finalmente la mirada y pudiera distinguir una luz encendida a lo lejos… Una casa.

Quizá hoy estés atravesando un valle.

Tal vez algo en tu vida está haciéndose más pequeño. Quizá has perdido a alguien, una puerta se cerró, tu cuerpo comienza a recordarte que el tiempo pasa o simplemente estás cansado del camino.

Entonces recuerda el Salmo 23.

Hay un Pastor. Hay un valle. Y hay una casa.

El valle existe, pero no tiene la última palabra.

No caminamos hacia la oscuridad. Caminamos hacia Cristo.

Y mientras llega ese día seguimos avanzando, algunas veces cantando y otras llorando; unas veces con pasos firmes y otras apenas sosteniéndonos.

Pero seguimos caminando.

Porque sabemos quién es nuestro Pastor, sabemos hacia dónde nos conduce y sabemos que, en Cristo, vamos caminando hacia casa.

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