Mi marido, Cristóbal, me dijo que hago las cosas para contarlas. No sé si estábamos en medio de una discusión o si me lo dijo con una sonrisa en la cara, pero sí recuerdo que cuando lo dijo me sentí revelada, descubierta, como sólo puede hacerte sentir alguien que lleva quince años observándote. Acepté inmediatamente su revelación como una verdad sobre mí misma y no he podido dejar de pensar en lo que significa realmente “hacerlo por la anécdota”, como dice el meme.
Si acepté su revelación es porque hay suficiente evidencia para corroborarla: diarios, libretas, livejournals, blogs, fotologs, tumblrs, instagrams, podcasts, dos libros y muchas otras maneras en las que he compartido, quizás demasiado, detalles sobre mi vida. Muchas veces, mientras escribo sobre una experiencia o una idea, o mientras se la relato a otra persona, descubro un placer que al momento de vivirla sólo existía en potencia, o termino de articular lo que adentro de mi mente permanecía lánguido. Y durante estos quince años de relación que se cumplen hoy, 14 de febrero del 2025, a Cristóbal le ha tocado ser el principal receptor de las historias que me construyen.
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El año pasado estuvimos a punto de separarnos, y todo este tiempo me cuestioné si compartir o no este período difícil en nuestro matrimonio. Cuando uno promete estar juntos “en las buenas y en las malas” nunca se imagina que la mala puedas ser tú misma, con una bomba en la mano hecha de dudas, frustraciones, miedos y deseos de otra cosa. Y recién hoy, con la pura esperanza de que lo peor ya pasó, soy capaz de escribir al respecto para terminar de entender. De entenderme, de entendernos. Cómo es posible que después de un atentado, dos personas sigan eligiendo construirse y reconstruirse mutuamente.
Hace unas semanas fuimos al Parque Tricao con nuestro hijo Félix. Un lugar conmovedoramente bello, en el que miramos el cielo, tocamos flores, le sacamos fotos a patitos bebé que seguían a su mamá, escuchamos el canto de cientos de pájaros, y caminamos en el bosque, cansados y felices, con el sol en nuestras mejillas. Cuando llegábamos al final de un humedal maravilloso, nos encontramos con esta cita de José Saramago inscrita en una pared:
Parecía que habíamos llegado al final del camino y resulta que era una curva abierta a otro paisaje y nuevas curiosidades.
No pretendo compararme con Saramago, nunca podría, pero la perfección de ese momento, que me dejó casi llorando en los brazos de mi todavía marido, es la razón por la que hoy elijo seguir compartiendo mi vida en forma de palabras. Por la posibilidad remota de que alguien algún día me lea y termine de entender sus propias complejidades. De que, ojalá, alguna de esas personas que comentan "#goals” abajo de nuestras fotos encuentre alivio en saber que detrás de las imágenes hay una historia que casi se acaba, que no tengo idea de cómo continuará, pero que quiero seguir escribiendo y compartiendo.

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