¿Cómo les va? Esperamos que estén muy bien. Aquí está nuestro boletín para el mes de junio de 2026.
Nos alegra mucho que se animen a seguir leyéndonos y acompañándonos, sea como suscriptores gratuitos o de paga. Ya saben que esta es su casa. 🥰
Y no olviden que siempre pueden escribirnos. Pueden hacerlo en cualquiera de nuestras redes sociales, respondiendo directamente a este correo, o a través de las formas de contacto en las páginas de Alberto o Raquel.
Finalmente, si conocen a alguien que podría interesarse en este boletín, ¿se lo podrían reenviar? Todo lo que hace falta es apretar este botón:
A nosotros nos ayuda cualquier contacto de nuestras publicaciones con alguien que no aún las haya visto. Muchísimas gracias.
Aquí está nuestra lista de programas en vivo para junio:
9 de junio: #Escritura2026 — Música para escribir y otras cuestiones
16 de junio: Drácula, a 130 años de su primera publicación
23 de junio: Dedicatorias
30 de junio: J. G. Ballard
Todos los programas serán a las 21:30 horas, tiempo del centro de México, en nuestro canal de YouTube, donde también está disponible el archivo completo de nuestras transmisiones y videos desde 2015.
En junio sólo tenemos, por el momento, las siguientes actividades ya confirmadas:
El jueves 25, a las 11:00, participaremos en una reunión del club de lectura del Centro Cultural del México Contemporáneo (CCMC), acerca de las novelas La noche en la zona M de Alberto y Ojos llenos de sombra de Raquel. El CCMC está en Leandro Valle #20, en el Centro Histórico de la ciudad de México.
Del 26 al 30, Alberto irá a Perú, a la Feria del Libro de Huancayo. Allí tendrá una charla sobre su trabajo con lectura en vivo, y también participará en una mesa redonda de escritores latinoamericanos. Se pueden ver todos los detalles en la página de Facebook de la Feria.
(Cualquier corrección o adición la pondremos en nuestras redes sociales.) 🤓
Raquel — Me encontré con un libro muy curioso: Costumbres mexicanas, de Manuel Payno. Yo esperaba algo similar a un diccionario, donde hubiera una entrada por cada costumbre y su explicación correspondiente, pero lo que hallé es bien distinto: una serie de textos breves, muy divertidos, en los que el narrador es testigo o protagonista de diferentes situaciones: charlas de café, pleitos de vecindad, funciones de teatro, bailes de máscaras, idas al mercado. Nada es verdaderamente importante o trascendente, pero justo por eso es admirable la minuciosidad con la que Payno describe lugares, conductas y apariencias. El sentido del humor es ácido a ratos, pero siempre fresco, y el habla de los personajes es a la vez llena de modismos de su tiempo y una claridad que permite que la lectura actual sea sencilla y ligera. Por cierto: me entero de que, originalmente, los textos aparecieron en diversos periódicos durante la década de 1840, y que fueron publicados con seudónimo. Eso quiere decir dos cosas: uno, que tiene todavía más mérito del que yo suponía el que sea una obra tan uniformemente bien lograda y vigente; y dos, que ya es del dominio público. 😉
Alberto — Estoy empezando uno de esos libros que nos faltan por leer que mencionamos el otro día por YouTube: es Nothing Like the Sun de Anthony Burgess, que está subtitulado “Una novela acerca de la vida amorosa de Shakespeare”. Por lo que estoy empezando a ver, el concepto de vida amorosa se entiende en un sentido (ejem) bastante amplio…
Burgess es conocido, sobre todo, por otra novela suya: La naranja mecánica (1962), que fue la base de la película clásica de Stanley Kubrick. Sin embargo, él escribió muchísimo más, y toda su vida estuvo interesado en la figura y la obra de William Shakespeare, al que dedicó otros libros y un cuento, “El encuentro en Valladolid”, en el que el dramaturgo inglés conoce al mismísimo Miguel de Cervantes.
La edición que tengo de Nothing Like the Sun está en inglés: no sé cómo traduciría el título, que proviene del primer verso Soneto 130 de Shakespeare: “My mistress’ eyes are nothing like the sun”. (De manera muy poco literal, el verso quiere decir “Los ojos de mi amada no se parecen en nada al sol”, pero la verdad es que una frase así no suena muy bien en castellano.)
La película La Jetée (1962) de Chris Marker es una que muchos de sus fans conocen por su título en francés. Puede deberse a que la traducción del título a otros idiomas (como con el libro que comentaba arriba Alberto) es un poco difícil. Aunque las opciones más literales son palabras como muelle o embarcadero, en este caso una “jetée” es más bien una plataforma de embarque, y más precisamente una en un aeropuerto, a cielo abierto. Hace mucho tiempo que ya no se usan semejantes plataformas, a las que casi cualquier persona podía tener acceso, sin importar si iba a tomar un avión o no. En otro tiempo, existía la costumbre de ir a los aeropuertos de paseo, a ver despegar los diferentes vuelos.
Esta película es un corto, de 28 minutos de duración, pero también es un clásico del cine de ciencia ficción (y, pensamos, del cine a secas). Además es una película extraña, muy triste y a la vez llena de imaginación.
Lo primero que llama la vista de la película es su forma: viene subtitulada como “fotonovela”, y efectivamente está hecha de una serie de fotografías, imágenes estáticas que van pasando por la pantalla. La historia que cuenta es apocalíptica: luego de una guerra atómica, los supervivientes se refugian bajo tierra, y en lo que queda de la ciudad de París un grupo de científicos intenta realizar viajes en el tiempo para conseguir recursos de otras épocas, porque en la suya propia ya no queda nada. Hace falta que los viajeros sean muy resistentes y que tengan recuerdos vívidos de otros tiempos: el mejor de todos resulta ser hombre (interpretado por Davos Hanich) que recuerda haber estado, de niño, en una plataforma de embarque del aeropuerto de Orly. También recuerda el rostro de una mujer (Hélène Chatelain) y la muerte súbita de alguien. Estos recuerdos bastan para que él pueda viajar al pasado y encontrarse con la mujer en varias ocasiones. Ambos se enamoran, aunque las citas que tienen son siempre fugaces y acaban abruptamente cuando él desaparece y vuelve al futuro. Y todavía falta mucho más en esos 28 minutos de película, que tienen que ver con el amor, por supuesto, y con la pérdida, la memoria, el egoísmo de los seres humanos, el tiempo.
El cineasta francés Chris Marker (1921-2012) no se llamaba así, sino Christian François Bouche-Villeneuve: su seudónimo tenía el objetivo de sonar más “americano” (de nueva cuenta, eran otros tiempos), y su carrera fue muy larga e ilustre, aunque siempre como una figura medio secreta, de culto. Sobre todo, realizó documentales, en los que se registra de manera muy entrañable la vida de muchas partes del mundo. La Jetée es la inspiración de la película Doce monos (1995) de Terry Gilliam, en la que a su vez se basó una serie de televisión reciente con el mismo título.
Ahora que estuve haciendo respaldos de mis listas de música, me puse a revisarlas una por una y a escuchar, más o menos al azar, álbumes completos que nunca me había dado el tiempo de conocer. Uno de ellos fue el álbum debut de una banda de rock llamada She Wants Revenge.
El álbum se lanzó en 2005, y yo no tuve idea de su existencia sino hasta hace muy poco. La fama es algo muy extraño, y más en esta época en la que mucho de la música, y de todo, nos llega fuera de tiempo, sin contexto y cortado en pedacitos. Además, la banda no es un proyecto constante de sus dos miembros, Justin Warfield y Adam Bravin. A veces existe, a veces no. Es un grupo mediano que no llena grandes auditorios y que suele participar en festivales junto con muchas otras bandas. Incluso ha estado en México en varias ocasiones pero, igual, apenas me entero ahora, que estoy escribiendo esta notita.
Lo que más me llama la atención de She Wants Revenge (el álbum) es
la voz de Warfield, que es el cantante principal: barítono, no con mucho rango, pero con un sonido peculiar, metálico, que tiene mucha influencia de Ian Curtis, el cantante suicida de Joy Division; y
las letras, que son muy específicas (habrá quien diga que son muy limitadas). En todas, un hombre se enamora o se encapricha con una mujer en algún bar, antro o lugar sórdido, y los dos se embarcan en una relación tóxica porque ambos, se entiende, tienen muchos problemas previos. Lectores y lectoras de México podrían encontrarles semejanza con algunas novelas y cuentos de Guillermo Fadanelli, en especial de su primera época.
Así que me sorprende un poco estar disfrutando el álbum, que es sombrío, amenazante, lejano de lo que usualmente me gusta. ¿Les ha pasado? ¿Hay algún álbum, o alguna canción, que les haya agradado así de inesperadamente?
¿Alguna vez han soñado que comen algo deliciosísimo y luego, en la vida real, no resulta así? Hace como mil millones de años yo soñé que me comí una muppaleta de fresa, y que al darle la primera mordida me encontraba con el sabor fresocremoso más maravilloso del universo. Al día siguiente hice un berrinchazo para que mi mamá aceptara comprarme la dichosa muppaleta y… qué decepción. No era cremosa, no tenía ese sabor mágico que había soñado. Desde entonces pasé mucho tiempo buscando helados de fresa que supieran a lo que aquel sueño y solo una vez tuve suerte. Fue la cosa más rara del mundo: para evitar que alguien más se comiera un yogur que yo me estaba refinando, lo escondí en el congelador, y se me olvidó por un par de días. Cuando lo saqué y se derritió lo suficiente como para que pudiera clavarle la cuchara, lo probé y ERA JUSTO EL SABOR DE MI SUEÑO DE LA INFANCIA. Lo malo es que esos yogures, marca Member’s Mark de hace 20 años, ya no existen. ¿Me recomiendan algún postre que sea cremoso, frío, de fresa, y que sepa a eso que no sé describir? Por su atención, gracias.
¡Romy nuevamente! Nos habían preguntado por una foto en la que nosotros, sus humanos, saliéramos con ella, pero la verdad es que no se deja (como pueden ver). Y Chacho, su hermano, menos. 😿
¡Muchas gracias por leernos!
—Alberto y Raquel
Gracias por leer Alberto y Raquel. Si quieres compartir este boletín, te lo agradeceremos mucho.

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