El último mohicano es una de esas películas de aventuras como ya no se hacen. Una de las que te mantiene casi dos horas entretenido y sales con buen sabor de boca. Una de esas que, por tanto, impone cierta dureza. Porque si la apuesta no es alta, si el riesgo es imperceptible, entonces no hay conflicto, no hay suspense, no hay realidad. Y la realidad, como se dice, supera siempre a la ficción.
En esta película, una de las escenas más duras es aquella en la que los protagonistas vuelven a una aldea que ya habían visitado previamente, donde vivían unos amigos, para descubrirla arrasada por otra tribu india y a sus amigos muertos. Una escena que, he de decir, te deja como poco con mal cuerpo.
Y una escena que asaltó mi mente el otro día cuando avanzaba en mi lectura de Conceived in Liberty, la obra «inacabable» de Rothbard. Entre comillas, porque acabada está: es solo que es tan larga que seguramente se demuestre inacabable para una mayoría.
En esas páginas se cuenta la historia de Anne Hutchinson, una mujer que, tras una vida digna de ser contada, decidió retirarse a la población de Pelham Bay, en Nueva Holanda -lo que hoy sería el Bronx-, huyendo así de una civilización que la amenazaba y perseguía por bruja. Sin saber que pocos años después sería víctima de una lucha entre tribus indias que acabaría en su muerte y la de aquellos fieles que la acompañaban.
Como en la escena de la película, la muerte de Anne Hutchinson me dejó muy mal cuerpo, porque llegados a este punto de la historia le había cogido mucho cariño a esta mujer.
Anne Hutchinson llegó a Massachusetts en 1634 predicando algo que se llama el antinomianismo, que no conocía hasta hoy, y que viene a decir que la salvación no está escrita ni viene de un representante de Dios, sino de un pacto de gracia que emerge de la luz interior. En esencia, la salvación sería una conversación entre el Altísimo y el individuo sin que tenga que mediar figura clerical alguna. Una postura religiosa difícilmente aceptable en la muy devota y puritana sociedad de la colonia de Massachusetts en aquella época.
Desde su llegada, Anne Hutchinson fue poco aceptada, para pasar a ser perseguida y finalmente expulsada: tanto de la iglesia -es decir, excomulgada- como de la población, siendo obligada a abandonar el sitio en el que se encontraba.
Sin embargo, esa primera expulsión no supuso el fin de su carrera política y religiosa, sino que simplemente la trasladó a otro sitio: a Portsmouth, en lo que ahora sería Rhode Island. Allí no solo siguió empujando estas ideas religiosas poco ortodoxas, sino que también mostró ideas políticas muy particulares que negaban la legitimidad del poder político, lo que la convirtió en una de las primeras y más famosas anarquistas individualistas.
Todo eso en el espacio de diez años en lo que sería Estados Unidos. Diez años que acabaron con su fallecimiento por estar simplemente en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Sin embargo, su muerte, de nuevo, no supuso el fin, sino más bien el principio de lo que sería un movimiento en América. Y es que los hutchinsonianos, los seguidores de Anne, reaparecieron como cuáqueros años después.
Esto es lo que cuenta el libro de Rothbard, donde los cuáqueros aparecen bastante a menudo, lo cual me ha generado no poca incomodidad, ya que cada vez que salía la palabra me preguntaba: ¿pero esta gente quién es? La primera vez que lo escuché dije: bueno, ok, pues unos tipos. Pero cuando vi que se seguían repitiendo, me empecé a interesar. Y cuando vi que estos tíos eran anarquistas basados, me empecé a interesar todavía más.
Los cuáqueros, siguiendo un poco con las ideas que planteaba Hutchinson, sostienen que no hace falta clero, ni sacramentos, ni jerarquía por la que haya que pasar para acceder a Dios. Digamos que crearon un sistema de religión que no necesita de terceros de confianza. Igual que Bitcoin elimina la necesidad de confiar en bancos centrales o intermediarios financieros para realizar transacciones, los cuáqueros eliminaron la necesidad de confiar en una jerarquía eclesiástica para conectar con lo divino. Un sistema sin confianza aplicado a la fe.
Por tanto, no juran, no se quitan el sombrero ante las autoridades, ambos sexos se muestran iguales, son pacifistas, y tienen la poco común costumbre -al menos en la América de esa época- de comprar la tierra a los indios en lugar de usar medios más sangrientos.
Por todo esto, los cuáqueros, como te puedes imaginar, no tuvieron una vida fácil en las colonias americanas. De hecho, parte de lo que hace el libro de Rothbard tan largo, y en ocasiones pesado, es la exhaustividad con la que narra las persecuciones que el poder llevó a cabo contra el individuo. Y si hay una persecución que destaca por encima de las demás, es la del poder contra los cuáqueros.
Personas que fueron azotadas, encarceladas, engrilletadas, mutiladas -generalmente cortándoles las orejas- y desterradas. Pero no desterradas un bonito día de primavera, sino generalmente en invierno, para que tuviesen que atravesar la nieve.
Y finalmente, cuando vieron que a pesar de todo esto los cuáqueros seguían llegando a las colonias, decidieron aprobar directamente la pena de muerte. Fue en 1659 cuando William Robinson y Marmaduke Stevenson fueron ahorcados en Boston simplemente por ser cuáqueros. La primera ejecución por motivos religiosos en suelo americano.
Y no fue la última. En esos años murieron bastantes más cuáqueros, aunque muchos más fueron simplemente perseguidos, azotados y atacados de otras maneras salvajes.
Lo loco es que los cuáqueros seguían viniendo, lo cual, según te vas adentrando en el libro de Rothbard, te hace ir con los cuáqueros.
Lo que Rothbard hace aquí es jugar con la poderosa idea del débil. Por lo general, nosotros los humanos sentimos cierta tendencia a apoyar al que se ve desvalido frente al que abusa de su poder. Y la situación de los cuáqueros en las colonias durante ese siglo XVII invita a ponerse muy de su lado. Esto funciona genial en el libro, porque los cuáqueros no solo son débiles, sino que se hacen débiles voluntariamente debido a su postura religiosa y, sobre todo -la parte que más interesa a Rothbard y quizás a nosotros-, por su postura política, por su negación de la autoridad, por su anarquismo. Algo que siempre ha sido difícil de vender en cualquier sociedad moderna.
Sin embargo, y lo bonito de la historia -que es la tesis que quiero plantear aquí y que desarrollaré en la parte final-, es que los cuáqueros, con sus utópicas ideas de libertad, siguieron atrayendo nuevos adeptos. A pesar del elevado coste de oportunidad de elegir este estilo de vida y creencias por encima del establecido.
Como dice Rothbard:
…el intento despiadado de erradicar el cuaquerismo de Massachusetts fracasó señaladamente. Roger Williams ya advirtió a Massachusetts cuando llegaron los primeros cuáqueros: cuanto más se arrecie la persecución, más se multiplicarán los adeptos al cuaquerismo. Y no solo ocurrió esto, sino que también se multiplicó la oposición interna a la oligarquía.
Efectivamente, tuvieron que pasar más de dos décadas hasta que los cuáqueros finalmente se abrieron camino en la sociedad, llegando en 1675 a comprarse la mitad occidental de Nueva Jersey, donde impusieron la libertad religiosa absoluta y eliminaron la estructura oligárquica presente en el resto de colonias.
¿Por qué me gustan los cuáqueros?
La historia de los cuáqueros, que tú quizás no conocías y que yo conozco solo por encima, nos demuestra que cuando la libertad es una opción, en cualquier sociedad, esta gana adeptos, independientemente del coste que haya que asumir por ponerse de su lado. Y esto es muy interesante, quizás más si lo aplicamos a otro tipo de ámbitos más de esta época como el de invertir.
Si a día de hoy echas de menos películas como El último mohicano, piensa en cómo sería la vida si no pudieses invertir tu dinero. Si no pudieses colocar tu ahorro en activos que consiguen que ese ahorro no se diluya con el paso del tiempo.
Este es un tema en el que llevo pensando meses. Si sigues mi contenido, gran parte del mismo trata los diferentes mercados de capitales que hay en el mundo. Asia, donde podemos distinguir Japón, China y Corea. Estados Unidos y América en general. Europa. De África creo que nunca he hablado, pero seguro que tiene sus idiosincrasias.
Y el resumen general que saco del estudio de todos estos diferentes mercados es que hay un mercado donde la libertad impera en términos relativos frente al resto, y hay muchos mercados donde esta libertad está más o menos coartada. Y me pregunto, aunque por suerte no mucho porque es deprimente, qué pasaría si ese único mercado libre dejase de ser libre.
Esto es lo que quería tratar en la segunda parte.

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