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Alberto Mera de UPSB · Jun 7, 2026

Acciones preferentes: La deuda del patrón Bitcoin

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Alberto Mera · Alberto Mera de UPSB

Una economía sobre Bitcoin ya se probó en el pasado y resultó ser exitosa. Es más, resultó ser suficiente para financiar todo tipo de avances increíbles para la civilización humana. Inventos que hacían a la gente palidecer, si no morir directamente, ante su mera visión.

Y sí, obviamente, me refiero a lo ocurrido con el ferrocarril bajo el patrón oro y con la solución a la financiación de una economía sobre un dinero deflacionario. Una solución que tenía nombre y que hoy ha vuelto a ponerse de moda: las preferentes, las acciones preferentes.

Google anunció recientemente la emisión de nuevas acciones y, entre esas nuevas acciones, encontramos la emisión de acciones preferentes.

Alphabet es la empresa detrás de Google, por si hace falta aclarar

Las acciones preferentes habían quedado en un segundo plano en las últimas décadas; seguían siendo utilizadas, pero de forma menor. A veces por bancos para solucionar problemas de cash flow locales. Sin embargo, gracias a Michael Saylor, el generalmente no vendedor de Bitcoin, las acciones preferentes vuelven a estar en el menú. Y Google ha tomado la decisión de emitir este instrumento para financiar así su esfuerzo por el invento increíble que hace palidecer a las personas, si no morir ante su mera visión, de este siglo: la inteligencia artificial.

Este ejemplo es muy ilustrativo de cómo funcionaría una economía sobre un dinero deflacionario. No es raro que a los bitcoiners se nos diga que Bitcoin no podría funcionar como dinero porque es deflacionario y la gente no podría endeudarse. ¿Quién se va a endeudar en, por ejemplo, un bitcoin, cuando devolver ese bitcoin dentro de cinco o diez años será mucho más costoso que el bitcoin de hoy? Obviamente, endeudarse sobre un dinero duro es menos atractivo, y ante esta realidad hay dos posturas posibles.

La primera, la tibia, viene a decir que, como no se puede emitir deuda sobre un dinero sólido, lo mejor es que el dinero no sea sólido. Y que así las economías puedan funcionar sobre deuda, lo que obviamente conlleva que aquellos que tienen más capacidad de emitir deuda -es decir, aquellos con activos- sean capaces de crear más dinero para ellos mismos. Lo que es un sistema bastante injusto, al menos para mí. Pero bueno, los tibios no entienden esto.

La otra postura es: tengamos un dinero sólido y sobre él creemos instrumentos que nos permitan financiar aquello que necesitamos financiar en cada momento. Y lo que necesitaban financiar sobre un dinero sólido hace casi 200 años eran ferrocarriles. Enormes máquinas de metal expulsoras de humo que hacían palidecer a los primeros testigos de este invento, si no causaban directamente la muerte.

Al menos uno murió, no es coña.

William Huskisson, político británico que murió en 1830 durante la inauguración del ferrocarril Manchester-Liverpool al ser atropellado por la locomotora Rocket. ¿Y a cuánto iba la Rocket? Pues a pesar de su nombre, no muy rápido: su velocidad punta era de unos 48 km/h, pero cuando lo arrolló circulaba probablemente a menos de 16 km/h. Una velocidad ridícula. Pero ese es precisamente el punto. Nadie en 1830 tenía aún el instinto de calcular a qué velocidad se le venía encima una máquina así. El ser humano llevaba milenios midiendo a ojo un caballo al galope, y de pronto existía algo que se movía solo, sin animal que tirara de ello, escupiendo humo, y la gente era incapaz de apartarse a tiempo. A Huskisson la portezuela abierta de su vagón lo golpeó, cayó sobre la vía y la Rocket le destrozó la pierna. Murió esa misma tarde. El primer muerto célebre de la era industrial lo mató una máquina más lenta que un ciclista actual.

Pero más allá de esta anécdota semi-gore, la pregunta que de verdad nos importa es: ¿quién pagó el desarrollo de esas tremendas máquinas y los raíles literales sobre los que se expandieron? ¿Cómo se financió la mayor revolución de infraestructura de la historia en una época en la que el dinero era oro?

Durante todo el siglo XIX, el dinero era metálico: oro, y patrón oro. Dinero duro. Y un dinero duro tiende a apreciarse con el tiempo. No es teoría: entre 1873 y 1896, en plena edad de oro del ferrocarril, Estados Unidos vivió lo que los historiadores llaman la Larga Deflación. Los precios no subieron durante más de dos décadas; cayeron. El nivel de precios en EEUU bajó alrededor de un 30% en ese periodo. Exactamente el escenario que los críticos de Bitcoin describen como imposible: un dinero que vale más cada año que pasa.

Y aquí está el problema que esos mismos críticos creen que es definitivo. Bajo un dinero que se aprecia, la deuda con cupón fijo se convierte en una trampa. El ferrocarril cobraba por transportar mercancías unas tarifas que, con la deflación, iban cayendo año tras año. Pero los intereses de los bonos que había emitido para construir las vías seguían clavados en el mismo número de siempre y el principal a devolver era una cantidad de oro cada vez más difícil de conseguir. Se ha llegado a estimar que el peso real de esos compromisos nominales fijos aumentó más de un 40% en EEUU solo por efecto de la deflación. A esto, décadas después, Irving Fisher le pondría nombre: deflación de deuda.

Y pasó… lo que tenía que pasar. Las compañías ferroviarias reventaron en cadena: cerca de una cuarta parte de toda la red ferroviaria del país acabó en quiebra llegados a 1897. Los tibios mirarían esto y dirían: “¿Ves?, te lo dije”. Pero estarían leyendo la lección al revés. El problema no fue el dinero sólido. El problema fue intentar financiar un mundo de dinero duro con un instrumento pensado para un mundo de dinero blando.

Y la solución ya existía: acciones preferentes. Habían nacido precisamente de una crisis de deuda anterior, a finales de la década de 1830, tras el Pánico de 1837, cuando compañías como el Baltimore & Ohio necesitaban más capital pero ya no podían colocar más acciones ordinarias ni asumir más deuda. Alguien tuvo entonces una idea sencilla y brillante: emitir un papel que pagara un dividendo prioritario y fijo, que cobrara antes que el accionista normal… pero que no fuera deuda. Es decir, que si un año las cosas venían mal, la empresa pudiera no pagarlo sin quebrar por ello.

Michael Saylor's Strategy Has Been a Major Bitcoin Buyer. Is the Company  About to Sell From Its Stockpile?
No era tan difícil, chavales.

A finales del siglo XIX, un hombre llevó esa idea hasta sus últimas consecuencias: John Pierpont Morgan, el JP Morgan original. JP se dedicó a coger esos ferrocarriles quebrados y reorganizarlos uno a uno siguiendo una misma receta: reducir drásticamente la deuda y sustituir buena parte de aquellos bonos de interés obligatorio por acciones preferentes de dividendo no obligatorio.

Como muestra este episodio, el dinero duro no impidió financiar el ferrocarril. El ferrocarril avanzó igual y en relación al tamaño de las economías entonces, la inversión en capital de este período no ha sido nunca superada. Sí, también quebraron muchas compañías pero nada de eso freno el acceso de la tecnología a cada vez más personas ni su desarrollo. ¿Cuál es el problema?

Un dinero duro permite la capitalización y la financiación de obras majestuosas. A veces con deuda normal, si el rendimiento esperado lo merece; o más comúnmente en la forma de acciones, comunes y preferentes. En una economía sobre dinero duro veríamos más equity y menos deuda, pero no faltarían recursos cuando fuera necesario. Lo que no permite el dinero duro es la financiación de todas las obras. Lo que no es productivo, rentable ni demandado no se puede financiar bajo un dinero duro. Al menos no de forma sostenida.

Pero, si no eres político, ¿por qué querrías financiar eso?

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Read the original on albertomeraupsb.substack.com

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