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La casa de abajo · Aug 3, 2026

Ashbala Azul

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Alba González Sanz · La casa de abajo

Inés Peón Braña

1/ Tenía que cuidar de nosotras, por eso no salió a escena las veces en las que su grupo participó en algunos actos. Cantaba, era actriz teatral, era música. Pero actuar esos días del FiSahara habría supuesto ensayos, tiempo fuera de casa. Y tenía que cuidar de nosotras, de toda la familia reunida en Auserd por la visita de Jadra y Sidi, por el festival que nos llevo allí; ocuparse de que no faltara la comida para el revuelo de personas, criaturas, que aquella semana entre abril y mayo nos dejamos cuidar y alimentar y revelar cómo es la vida en el campo de personas refugiadas más antiguo del mundo.

2/ Cuando llegamos, el sol despuntando sobre la jaima sin dejarnos intuir, todavía, la enormidad de aquel desierto, nos echamos a dormir sobre colchones perfumados, mantas suavísimas, un viaje de un día desde que salimos de Oviedo sumando autobús, avión, el traslado en convoy militar desde el aeropuerto de Tinduf. No se parece a huir, claro, hacer un viaje. Antes de relacionar nombres y rostros, antes de empezar a entender el lugar al que acabábamos de llegar, fue el olor dulcísimo de aquellas mantas suaves que habían preparado para nosotras: sabernos en casa.

3/ Recuerdo su voz. Para mi sorpresa, el timbre, la inflexión, la fuerza determinada que ordenaba a la chiquillería o invocaba a Sidi para encomendarle una tarea o se reía cómplice con sus hermanas-sobrinas. Porque en cierto modo la coloqué ahí, en ese lugar, hermana mayor que cuida aunque no lo fuera; la tía soltera de Sidahmed y Jadra, cuidándonos a todas. Decidió no casarse, hacía teatro, cantaba, tocaba ese tambor tradicional que Candela abordó, panderetera, y que en las lentas sobremesas en la jaima hizo sonar para nosotras, para que bailaran las niñas, para la risa de su madre, para gozo de todas. Porque en la bandera de la soledad se pueden bordar también la libertad y el amor más inmensos.

4/ Nos regaló una melfa a cada una. Escogió para Inés una diferente, de un azul klein perfecto, de una textura distinta al algodón sencillo de las otras. Como si supiera que Inés ve de otra forma, puede distinguir azules de mar, nieta de galernas, incluso en medio de un desierto. Como si la viera, como si nos viera, escogiendo para cada una esa prenda tradicional que nos ofrenda como gesto de bienvenida. En una de las fotos que Inés le tomó, mientras coloca la melfa azul en Candela, ella lleva una de color esmeralda, de andar por casa, nos dijo, pero increíblemente bella en el contraste de su piel, en la profundidad del verde. Nos colocó las melfas, el nudo pequeño que todo lo sostiene y el difícil ejercicio de mantener sobre los hombros, en la cabeza, ese trozo tan largo de tela. No estoy en mi casa, me acoge Madrid antes de buscar el mar, para la escritura, para el silencio; no estoy en mi casa pero sé el lugar exacto donde está la melfa que ella me regaló, que lavé al regresar porque la manché sin querer y no recuerdo ahora, no recuerdo si deshice el nudo que ella armó para sostener tantas vidas. No quiero haber deshecho ese nudo pequeño, pero lloro porque no lo recuerdo.

5/ Candela intentó decirle, porque no compartíamos el idioma, su poquito español, nuestro nulo hasanía, Candela le dijo de esa forma que en realidad no necesita palabras, lo importante que era para nosotras, esa fuerza, ese ejemplo, esa admiración rotunda que se instaló en todas porque comprendimos la mujer inmensa que nos cuidaba en aquellos días del desierto. No pasa nada, respondió, entre risas de todas, carcajadas de todas, emocionadas, felices, cuántas veces repetimos ese no pasa nada que desactiva y a la vez encaja en el cuerpo lo que necesitábamos decirnos.

6/ Las películas se proyectan al caer la noche, claro, una pantalla inmensa, todos los aparatos desde un camión. Nos sentamos en el suelo para ver los cortos en los que actúa Fatimetu, aplaudimos a rabiar, admiradas, orgullosas, nuestra familia saharaui también, qué orgullo el de la tía, que actúa, que canta, que toca los ritmos y los pulsos de su pueblo abandonado, al ver cómo todos quieren y cuidan a su sobrina actriz, guardiana de memoria en una de las piezas que vemos. No actuó ella, no cantó, porque tenía que cuidar de nosotras. No le di la importancia que tenía a ese gesto en el tiempo compartido, hasta ahora, desde que llegó la noticia y vuelve la idea con insistencia, que no actuó ella porque tenía que cuidar de nosotras.

7/ No sé escribir bien su nombre en alfabeto latino, sí cómo lo pronuncia Jadra, cómo lo pronuncia Sidi, cómo lo hacía Carlos antes del viaje y de que la conociéramos. Que tenían ganas de que llegáramos, que ya veríamos lo bien que íbamos a estar con ella, con toda la familia en realidad, pero con ella que nos hizo los nudos pequeñitos, fortísimos, que ayudan a sostener la vida. Escribo sin pensar que escribo y sé que no escribo su nombre porque no sé hacerlo, tampoco en hasanía, aunque sé cómo suena en las voces de sus muy amados, como recuerdo la suya y su risa.

8/ Escribo a Laura porque a ella le mandé todos los mensajes de asombro y silencio en aquel viaje, desde aquel desierto. Escribo a Laura porque no hace falta decir nada, porque sé que lo va a entender sin que apenas pueda decir nada. No entiendo, no entiendo, no entiendo, no puede ser. Ella entiende. No es la primera vez que le sucede no entender nada. En la distancia de los trenes que nos reunirán en apenas unos días, Laura entiende. Era casi de nuestra edad, un poco mayor. Nosotras que este año celebramos nuestros cuarenta años, casi todas nosotras en aquel viaje. Inés cuando yo, a finales de enero, Candela que lo hará en noviembre. Laura cumplió en mayo a punto de mudarse a esta casa de aire y de luz. Ella tenía prácticamente nuestra edad y asma en un desierto.

9/ Apenas una nota al volver del viaje, un post de Instagram para compartir fotografías, sin ser capaz del todo de escribir, de expresar, de entender lo vivido. No podía escribir del viaje aunque lo pienso muchas veces desde entonces, de vez en cuando una imagen, la actualidad que activa la memoria, el cabreo, casi cien personas han muerto en Ceuta este fin de semana. No había escrito nada de aquel viaje, hasta ahora.

10/ La llamada a la oración se produjo cuando estábamos a punto de salir del campo de Auserd, de nuevo caravana de todoterrenos, viejísimos pequeños autobuses. El conductor del nuestro le ofrece a Sidi una botella de agua, se lavan las manos, rezan con todos los vehículos detenidos, a la puesta de sol, todo parado justo cuando nos íbamos del campo y se queda ahí la imagen del rezo, y se quedan las personas y se rompe la extraña pausa del festival de cine y lloramos, lloramos todas, cada una en su silencio, porque las personas se quedan en el que es el campo de refugiados más antiguo del mundo. Escoltadas de nuevo, rota la ficción de normalidad en lo extraño de los días en el festival de cine, lloramos cada una en su silencio mientras el sol se oculta por completo y nos dirigimos a Tinduf. Saludaban despidiéndose todos esos chiquillos que se quedan, se quedan allí.

11/ Cuando Inés me llama estoy a punto de coger el metro en Marqués de Vadillo. Por un segundo, pienso en no responder y devolver después la llamada. Pero descuelgo, temerosa de la cobertura, extrañada en sí de que me llame porque siempre mensajes, audios… y me da la noticia. Candela acaba de llamar, cadena de avisos desde Carlos y cómo están Sidi y Jadra es lo primero que pensamos todas, sin poder retener esa noticia, sin entenderla, sin saber qué decir. Ya me pasó una vez, cuando me llamaron para decirme que Iván había muerto, que no sabes qué decir, qué sentir, qué ha cambiado en la espesura del aire de la parada de metro de Marqués de Vadillo porque nada tiene sentido en ese instante en el que no puedes entender y no puedes sentir porque la primera protección de la sorpresa es desconectar del cuerpo el llanto. Pienso en anular el plan al que me encamino pero desecho en un segundo la idea porque sé que ahora no puedo entender nada y la inercia del ánimo disociado abraza la tranquilidad de una tarde perfecta en Madrid. Llorarás después, cuando al día siguiente, ahora, mientras escribes, le cuentes a Laura que no entiendes nada y ella entienda.

12/ Sidi nos cuidó muchísimo también, que nos reíamos y le preguntábamos si no tendrá otro hermano tan guapo y tan atento pero de nuestra edad, tan joven este niño de vacaciones en paz, veinteañero con el que compartimos tierra al norte y ahora desierto, y que se ocupa de Carlos como un hijo y de nosotras y juega con el crío más pequeño de la casa, un bebé casi, casi como mi Pedri, mi sobrino precioso que crece también tan amado, pero no está en un desierto. Sidi nos cuidó muchísimo y nos abrió su casa y las cadenas de amor que explican todo el que nosotras recibimos entonces, que es una cosa que no dejo de pensar, que de un abandono un poeta cosió pueblos. Nos abrió su casa y entendimos, eso sí lo entendimos, de dónde se nutría el corazón inmenso de ese hombre que se ocupó de todas como de sus hermanas.

13/ Jadra lo llama negri, a su hermano. Jadra que se parece más a nosotras, que se quedó tras aquellos veranos, que en aquel viaje por primera vez pasa el control con su pasaporte español tras tantísimas luchas, aunque al regreso, para salir, para salir la policía argelina la separa y nos indignamos, pero apenas es un rato brevísimo hasta que volvemos a estar juntas. Jadra que es aún más fuerte que hermosa y tiene dentro una raíz de libertad que también entendemos de dónde le viene, cómo no entender de dónde le viene porque nos abrió su casa y fue el puente que se parece más a nosotras, claro, pero también es desierto. Escribe unas palabras en sus redes, honrando a su tía. Esa llama, esa llama de mujer libre que sí entendimos de dónde le venía.

14/ Sidi habla mejor asturiano que yo y habla Jadra extremeño. Sonríen al hablar, los dos, criaturas en paz que se desloman trabajando y sostienen el desierto de sus mayores. Nacieron allí, en aquel desierto, Sidi y Jadra. También ella y alguna de sus sobrinas y de sus hermanas, porque son muy jóvenes, porque tiene casi nuestra edad; pero los hombres, más mayores, han ido a la guerra y la abuela, la abuela que a veces se adentra en las dunas, imposible calcularle la edad, que duerme en el desierto, la abuela de ojos glaucos que traza su fe sobre la arena y se ríe con nosotras y nos bendice cuando nos saluda, nos mira con sus ojos que ven desde otro lugar, uno que tuvo que abandonar y aquella guerra que no se detiene; nos toma la cara entre las manos y también nos bendice, aunque nuestras vidas en paz se construyan sobre su desierto, ella nos bendice.

15/ La primera despedida, la real, fue a la puerta de la casa y ahí sí que el llanto que toda la semana estaba a punto de asomar se hizo mares porque se quedaban allí, aunque fueran después a despedirnos al aeropuerto, pero allí es un lugar político, y es un lugar del afecto y nosotras regresábamos tras escuchar el más perfecto violín bajo la luna inmensa del desierto, y lloramos todo el amor que recibimos y toda la vergüenza que sentimos y toda la injusticia y todo lo aprendido y todo lo que sigo sin poder entender de aquel viaje al desierto. A la puerta de la casa, el mismo lugar de los primeros saludos el día que llegamos, nos espera el pequeño autobús de protocolo para llevarnos al punto de encuentro en la wilaya y comenzar el regreso.

16/ Busco la escritura latina de su nombre en internet. Sé cómo suena su nombre en las voces de sus más amados, en las nuestras, y necesito la traducción a mi alfabeto desde su hasanía. Significa fuerza, su nombre, cachorra de león. Se me cruza un instante el amor del que me duelo y sonrío. No pasa nada, y al pensarlo en su voz lloro y me carcajeo y siento que en la bandera de su soledad cupo todo, todo el amor y eso, eso lo aprendimos aunque no lo entendamos todavía.

17/ Dijimos que compartimos muertos, además de Historia, al exhibir la pieza de danza en la que Candela honra la memoria de su bisabuelo asesinado. Yo aprendí en Laura todo esto y en ningún momento de aquel viaje perdíamos de vista que en el desierto hay fosas, que también las levantaron antropólogos forenses que horadan las cunetas peninsulares en busca de otros muertos que también son los nuestros. Hace cincuenta años, el final en el cama de un dictador significó el abandono histórico de un pueblo que, como los muertos, somos nosotras, nos compartimos. Mientras un lugar sin memoria celebra cincuenta años de democracia detrás, detrás de los discursos y de la propaganda, existe un desierto que tiene arena como tierra guardan todas, todas nuestras fosas.

18/ Mara bailó en la jaima y bailó en la arena, entre el fuego. Gallo rojo. La recuerdo mirándola maravillada mientras terminaba de ajustar los tiempos, los movimientos, en el ensayo en casa.

19/ Sorprende que se pueda vivir en un desierto. Renunciamos a kilos de equipaje para armar unos bultos que arrastraremos como penitencia y que contienen alimentos, ropa, medicinas, todas las que hemos podido reunir, productos de higiene, cosmética que Inés rescata de su anterior empleo y tantas cremas solares, hidratantes, pensamos en la piel, lágrimas artificiales que humedezcan los ojos, como si no fuéramos a tener motivos suficientes para llorar. Los bultos son como una penitencia en nuestro cuerpo cansado que sin embargo viaja y no huye y merece la pena, después, dibujar con las niñas y poder llevar todas esas cosas que tanto necesitan. Su tos cavernosa en las mañanas, en eso no había vuelto a pensar. En la tos que le convulsionaba el cuerpo y que escuchamos varias mañanas.

20/ La jaima, pero las construcciones ya de cemento, no de adobe, que hacen la casa. El depósito del agua para llenar el cubo del que nos valemos cuando vamos al baño, en el aseo. No corre el agua en este desierto. Sin embargo hay bibliotecas humildes, poetas de la amistad; hay escuelas, niñas y niños con sus batas coloreadas y sus peinados en orden, con los que las chicas bailan y jugamos e Inés fotografía y se cuelgan de Mariana, que es alta y les sorprende con su aspecto de bruja buena. Hay tiendas y en los días finales compramos recuerdos y telas y fundas de cojines y mantas suavísimas. En uno de los colegios, antes de que Mara y Candela actúen, nos sientan ante dátiles, agua, un grupo de seis o nueve niñas baila una danza de bienvenida para nosotras. No sé cuántas son porque de ahí salí, de ahí tuve que salir a llorar en soledad al patio inmenso como ese desierto. Las niñas que también nos bendicen, nos dan la bienvenida.

21/ Lo que no hay es casi asistencia sanitaria en un desierto. Nos cuentan que las agencias internacionales presionan con la ayuda humanitaria, esa suerte de galletas proteicas, porque de qué otra forma si no doblegas un pueblo. No hay urgencias en ese desierto, centros de salud, especialistas. Las familias que traen niñas y niños saharauis a las vacaciones en paz les hacen, en primer término, un completo chequeo médico.

22/ En el metro, camino al centro a las compras estúpidas que quiero realizar antes del plan precioso de la tarde, algunas ideas son ráfagas: que si quieren ir puedan ir, que podamos ayudar. Cómo se hace el duelo en el desierto. Una madre enterrando a una hija. Las fotografías de Inés, no me atrevo a mirar el carrusel de mi propio teléfono, pero Inés la retrató y a las horas, de hecho, envía al grupo del viaje, Sahara Team, un puñado de ellas y estamos a punto de sentarnos en el segundo bar así que no quiero abrirlas ahora porque no voy a poder mirarlas y sí quiero mirarlas, con cuidado, con memoria, con todo el cuerpo que ella nos cuidó en su desierto.

23/ Llego tarde a casa. Doy de comer a la gata, me lavo la cara, no pienso en ella antes de caer rendida, ventanas abiertas, no se oye, a esta hora de la madrugada no se oye aún el canto de las golondrinas que anidan justo en esta planta de la corrala. Acostumbrada a las cerámicas que representan su forma característica, generalmente negras esas piezas, no recordaba que el plumaje de la golondrina también es azul y me sorprendo por la mañana al ver una muy quieta en las cuerdas de tender, porque es azulísima la cabeza de la golondrina como la melfa que ella escogió para Inés, como la mar en galerna, como el mar que el pueblo saharui lleva cincuenta años sin ver.

24/ Vuela la golondrina, luz azul.

*

Ashbala Ahmed murió en la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 2026 en los campos de personas refugiadas saharauis que se encuentran en el desierto argelino, lejos de su tierra.

De su muerte, como de todas las acontecidas en estas cinco décadas, es responsable España.

Ella era actriz y era música y cantaba y cuidó de nosotras.

Inés Peón Braña

*

Para Sidi, Jadra y Carlos.

Con Inés, Candela, Mariana y Mara.

Sáhara Libre.

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Read the original on albagonzalezsanz.substack.com

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