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Cuadernos de Barcelona · Mar 22, 2026

Sobre la tradición de la red global

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El arte judío de triangular.

Tengo familiares a uno, dos y tres grados de distancia en Cancún, Londres, Tel Aviv, Viena, Austin, Washington, Nueva York, Los Ángeles, Ciudad de México, Haifa, Oakland, Bruselas, Dallas, Chicago, Zúrich y Melbourne. No lo digo por afán de presumir; esta dispersión global no tiene nada que ver con estatus socioeconómico, ni con predisposición genética, sino con la existencia de conductos trasnacionales que han permitido el cruce de fronteras.

Casi ninguna comunidad judía, por más cerrada y antigua que sea, es cien por ciento “de ahí” —¿además, qué quiere decir eso?, ni siquiera los más nativos de los nativos eran “de ahí”— en las sinagogas y centros comunitarios por lo general conviven al menos dos nacionalidades, actuales o heredadas, haciendo que cada comunidad sea una especie de nodo en una red que se conecta con el mundo entero.

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Cada comunidad es, también, una puerta de entrada en donde los miembros más veteranos explican, o traducen —sería mejor decir— los usos y costumbres de aquellas coordenadas a los recién llegados, y es también un punto de comparación de diferentes grados de fusión con la cultura local.

La estancia durante siglos en un lugar cambia la comida, los cánticos, las entonaciones y el lenguaje mismo; pero el recién llegado logra, mediante el rito, mediante el texto, establecer puentes en común con el extranjero; la interlocución, la interpelación, es posible; se debate, se argumenta y se pelea, pero todo en relación con una misma tradición.

Es en esta hospitalidad ante el extraño, ante el que cruza fronteras, que autores como Derrida encuentran un fundamento ético —llamémoslo “universal”— de la condición judía; es en esta apertura que, sí, excluye a los no judíos —aunque quién es judío es objeto en sí de discusión— que uno encuentra la vocación moral, plural, del judaísmo.

Todo inmigrante lo sabe. Entre el recién llegado y su objeto hay un mundo de por medio. El tercero lo pone en contacto con otros. El tercero media. Y, de esta manera, crea una línea entre dos puntos que antes no estaban conectados. Vete a hablar con ella, pídele trabajo a él, dile que hablaste conmigo, que yo te recomendé. El tercero es el puente. Al establecer un vínculo nuevo, el tercero modifica la estructura de la red, y de todos los nodos conectados a ella. Se abren nuevos accesos a otros accesos a otros accesos.

El tercero media, y es en este mediar que dota de sentido a los dos términos. El tercero pesa, enjuicia, y en esa valoración transforma. Hay redes cerradas y redes abiertas; el tercero atraviesa ambas y circula la información.

En teoría de redes se sabe que son las conexiones llamadas “débiles” —las que trascienden la familia e inclusive la comunidad local— las que promueven el crecimiento profesional e intelectual y generan nuevas ideas. Debido al formato disperso de su identidad, los judíos han estado expuestos, antes que el resto de la población, a nuevas ideas y tendencias. De esta condición, que se ha extendido con las redes sociales y el internet a todo el mundo, surge en parte la sospecha de una conspiración concertada y global, pues no se entiende —ni se quiere entender— ese carácter de mediador, que no cabe en términos nacionales ni religiosos, y que, por ello, desconcierta.

Desconcierta, entonces tiene que haber algo detrás.

A lo largo de mi involucramiento en iniciativas judías, he sido testigo de innumerables ejemplos de cómo esta red funciona, pero el más bonito surgió durante mi estancia en CADENA, una agencia humanitaria judía.

Resulta que alguna isla del Caribe había sido devastada por un huracán y no había manera de acceder a ella por vía aérea. La única forma era por mar. Lógicamente, CADENA no tenía embarcaciones propias para realizar esa travesía. Así que lo primero que hicieron fue contactar a alguien de la comunidad judía de Cancún, que conocía a alguien, que conocía a alguien, que tenía un yate. Esta persona, completamente desconocida, les prestó su barco de lujo y su conductor, y gracias a la red, lograron asistir con víveres y ayuda médica a los afectados del lugar, antes incluso que muchas organizaciones más grandes.

La red es ágil, la burocracia, lenta.

Históricamente, a los judíos se les ha tachado de espías; en Estados Unidos se les tachó de espías comunistas y en la Unión Soviética de espías imperialistas. Y, ahora, a Epstein, de ser espía del Mossad.

La sospecha viene precisamente de no entender cómo fluye la información a través de la red global.

CADENA vuelve a ser un ejemplo de esto. CADENA nunca había pisado tierra en la región de Kerala, en la India, que había sufrido devastadoras inundaciones y necesitaba ayuda urgente. Al ser una organización mayoritariamente latina, no tenía ninguna base ahí, ni personas que le informaran sobre cómo estaba la situación y cuáles eran las necesidades on the ground. Contactó, entonces, a la comunidad judía de Múmbai, que a su vez la puso en contacto con la de Cochín, que la contactó con otra organización local, que le informó que se necesitaba agua potable, desesperadamente. Y gracias a ese contacto y esa información, lograron desplegar filtros de agua que resolvieron, para algunos, la situación.

Las redes pueden utilizarse para filantropía, negocios, movilizaciones y un sinfín de objetivos, virtuosos o viciosos. Pero son, ante todo, una estrategia de supervivencia, codificada en el texto mismo, y que surge de condiciones adversas.

El caso de la familia Sassoon, que huyó de Irak a Múmbai, es paradigmático. En Múmbai los Sassoon lograron construir un imperio comercial con China, porque tenían a familiares y personas de su misma comunidad dispersas a lo largo del Imperio Británico. Esa dispersión de redes de confianza les permitía conocer las tendencias lejanas y adaptar tanto los precios como las mercancías a las necesidades locales. Fue tan importante su contribución que David Sassoon tiene un busto de mármol en el museo Bhau Daji Lad de Múmbai.

Lo mismo con los Rotschild en Londres, París, Viena, Nápoles y Frankfurt simultáneamente —cinco hermanos, cinco ciudades. O los Ephrusi, en Odesa, Viena y París. La dispersión, entonces, de familiares a lo largo y ancho del planeta es parte de esa condición, que —antes de la hipermovilidad actual— normalizó el crecer en un lugar y morir en otro. Basta ver el caso del Rambam, Maimónides, que nació en Al-Ándalus, en Córdoba, y terminó su vida en Egipto. Las historias judías son en muchos casos historias de la disgregación geográfica de la familia, como en Tevye el lechero, de Sholem Aleichem, en que está basado El violinista en el tejado: las hijas se casan y dispersan, una con un revolucionario que la lleva a Siberia, otra con un gentil, etc.

El que no haya vivido en carne propia las características de esta dispersión sospecha de que al judío le interesen e inclusive le obsesionen y afecten tanto las noticias internacionales, por encima —se cree— de lo nacional. Pero, como he dicho en otros artículos, esto surge precisamente de tener una sensibilidad dispersa en la que hay literalmente alguien conocido y querido a quien le afecta lo que sucede del otro lado del mundo.

Como bien menciona Slezkine en su increíble libro El siglo judío, no es que esta condición sea única de los judíos. Los mexicanos, por ejemplo, tienen ahora una amplia red en Estados Unidos, lo que sucede con el ICE en las calles de Minneapolis les afecta a muchos, personalmente. Y hay incontables ejemplos de diásporas chinas e indias que han funcionado en su momento como mediadoras, antes de asimilarse a la cultura local.

No es que sea una condición única de los judíos. Pero solo hay un puñado de minorías como los gitanos, que han hecho de la dispersión una vocación. Una vocación basada en todo tipo de historias, en donde la disgregación geográfica —de la familia, de la comunidad— es parte activa del relato, no su conclusión final.

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