Es hora de volver a escribir.
Sé que la razón está llena de miedos ante un futuro claro, pero que, ante ese miedo llamado Goliat, luce incierto.
Ante mis ojos, un abanico de opciones se despliega, todas apuntando hacia mi control.
Y mientras escribo, la canción «¿Es Él digno?» se reproduce en mis audífonos.
Sigo caminando en el “sí”, pero siento que tomar mi cruz y seguirlo me está costando. El rey David dijo que no le daría a Dios nada que no le costara. Me pregunto si es por esto que me está quebrantando tanto.
Mi control quiere engañarme al mostrarme todo lo que puedo hacer, pero nada de ello es el siguiente paso de fe.
Conozco este sentimiento. Sé lo que es. No es la primera vez que lo siento, sino la tercera, y sé también cuál es la decisión final.
Porque, al final del día, busco su honor, no el mío. Su gloria, no la mía. Su poder, no el mío.
Y aun cuando mi cruz se siente muy pesada, como si piedras quisieran retenerme de tomarla, Él me muestra el camino: su yugo es ligero.
Una vez más me recibe, aun cuando he querido dar la vuelta. Aun cuando he considerado las opciones. Porque mientras yo veo a Goliat, Él me ve a mí.
Y no tiene sentido tanto amor, pero me envuelve.
Porque, de otra forma, ya estaría muy lejos. Sin mi cruz. Sin aquel paso de fe. Sin mi Señor.
Quizás por eso he estado evitando escribir. Porque escribir siempre me muestra la resolución de su amor, de su constancia, de su fidelidad. Y quizás he sido ingrata al pensar que mi control es mucho mejor.
Ahora, escribiendo, solo puedo recordar que cada uno de los siguientes pasos que Él me ha llevado a dar siempre me ha mostrado más de Él. Y es Él quien calma este corazón que va a mil, que se ha esforzado tanto por quitar las piedras del camino y que se ha machucado intentando creer que puede sola.
Entre las faltas de letras han sobrado las lágrimas.
Y aun cuando el miedo toma muchas formas, en todas es derrotado por su cruz.
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