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¿Y qué hacés acá? · May 16, 2026

Razón 18: el jazz

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Adam Tully · ¿Y qué hacés acá?

Aviso parroquial:
Fecha del trío el 11/6 en Café Vinilo (reservá tu lugar). Compartimos la noche con Criollita.
Y para que no extrañes el quinteto, andá a escuchar el EP que acaba de salir y a mirar nuestro video nuevo.

“Cuando estés viviendo en Argentina, capaz que te pase lo que me pasó a mí: tal vez que descubras tus raíces y dejes el tango por el jazz”, me lo decía en broma mi amigo el pianista Emilio Teubal.

Estábamos por tocar en una de tantas noches tangueras que compartimos en Nueva York, y charlábamos de la mudanza que estaba por hacer. Emilio, como otros amigos argentinos, se había ido de joven a Estados Unidos a meterse en el jazz, y fue allá (no en su Buenos Aires ) que empezó a tocar tango. Nos reíamos pensando que me iba a pasar lo mismo pero al revés: mudarme a Buenos Aires para tocar tango y terminar descubriendo la música de mi ciudad natal.

Dejar el tango por el jazz, o el jazz por el tango. Sonó gracioso, pero en todo chiste hay algo de verdad.

El otro día me acordé de esa conversación cuando entré a un estudio para hacer una grabación de música improvisada por primera vez. Me estaba por tirar a la pileta como improvisador.

Un poco lo hablé acá, siempre me sentí un jazzero frustrado. Tantos años de formación académica, de formación tanguera, sentí que tenía una deuda pendiente con algo que siempre me interesó pero que quedó en segundo plano: la espontaneidad, la improvisación.

Me tiré sin saber si había agua.

¿Sentí vértigo? Sí.

El mismo vértigo que sentí la primera vez que me tiré de clavado (sí, del trampolín alto alto) en la pileta a los cinco años. Todavía siento el dolor en la panza. Dicen que se escuchó un sonido como una cachetada espectacular, y el profe de natación (lo recuerdo como un He-man rubio y bronceado) me tuvo que llevar a la orilla.

Pero no me desanimé. No recuerdo si fue el mismo día o el otro que volví a subir por la escalera larguísima para tirarme de nuevo hasta lograrlo.

De esta pileta verdadera de los años ’80 vuelvo a la metafórica del 2026.

Me parece hermoso y perfecto que mi renacimiento musical, mi encuentro con la improvisación, suceda acá en Argentina.

Creo que todo músico que sabe improvisar tiene que tener mucha preparación, mucho conocimiento de las herramientas, ingenio, flexibilidad y la capacidad de recibir información en tiempo real. También tiene que saber adaptarse y con cada nueva verdad construye algo. ¿Te suena?

Cuando entramos en el estudio con Shino Ohnaga y Santi D’Adamo no teníamos partituras. Teníamos unos juegos que había preparado yo: papelitos con palabras que señalaban ideas, emociones, técnicas musicales. Lo que siguió: sesenta minutos de improvisación libre. En esa hora nos escuchamos, propusimos, jugamos, nos reímos.

Fuimos afinando el oído, sintonizando el corazón y creamos algo único, que solo pudo ocurrir en ese momento, en ese lugar, entre nosotros tres.

Nunca pienso dejar el tango, nunca aprendí realmente a tocar jazz.

La rigidez de mi formación académica sigue intacta, pero estoy aprendiendo a aprenderla y apagarla.

Todo esto lo tenía que descubrir acá y ahora.

Me tiro a la pileta.

Gracias especiales a Leandro Rodríguez. No solo está formando a la próxima generación de ingenieros de grabación, sino que en el proceso nos abre las puertas de Aural para estas aventuras y siempre tiene palabras de apoyo a este blog.

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Read the original on adamtullyar.substack.com

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