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ABUELO KRAKEN · Jul 18, 2026

LOS ÁNGULOS DE SHAMBALA, de JOSÉ LUIS CRUZ (ABUELO KRAKEN)

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Los Ángulos de Shambhala, de José Luis Cruz. En Shambhala no hay relojes, pero hay tazas humeantes. Madre e hijo las llaman café, el tiempo las llama regreso. Atribuido a Biasa, Papiro de Shambhala, fragmento 27. No sé en qué momento exacto mamá y yo comenzamos a habitar universos paralelos. Sospechó, sin embargo, que la partición no ocurrió con su muerte, sino muchos años antes, la tarde en que el cardiólogo le prohibió el café y la condenó, sin saberlo, a una eternidad de ángulos rectos. Desde entonces pactamos un reencuentro en Shambhala, ese reino que las escrituras apócritas sitúan más allá del tiempo y que ciertos manuales recomiendan evitar por su exceso de permanencia. El Dr. Lamas, cuyo nombre convoca a la vez el olvido y la frialdad de una lámina funeraria, dibujó con bolígrafo rojo la silueta inversa de un corazón. Nada de estimulantes, dictaminó.

No sabía que estaba trazando el primer ángulo obtuso por el cual dos vidas dejarían de tocarse. Mamá sintió con la mansedumbre de quien acepta un destierro. Esa noche, la última en que compartimos mesa sin el estigma de lo prohibido, ella alizó el mantel con la palma de la mano y dijo, el café es la antesala. No pregunté antesala de qué. Comprendo ahora qué se refería a la conversación, esa lentitud que permite a las palabras adquirir volumen antes de ser dichas. Sin sobremesa, el diálogo se tornó telegráfico, bidimensional. Empezamos a hablarnos como quien lee instrucciones de evacuación en un incendio que aún no ha ocurrido. Los universos se bifurcaron con el silencio de una taza vacía. Yo persistí en el café, en el restaurante de costumbre, frente a una ventana que daba un patio de juegos. Ella, en su casa de Takatscuaro, aprendía a sustituir el café con una infusión de hojas, cuyo nombre verdadero era descafeinado.

Nos llamábamos por teléfono, y en cada pausa se filtraba la ausencia de la mesa, de la pequeña ceremonia de servir, de esa complicidad que solo florece cuando el tiempo se detiene en el vapor. Su muerte, años después, apenas certificó una geometría previa. Dos líneas paralelas que, por definición, se ignoran. Para llegar a Shambhala, según un tratado de dudosa encuadernación, hace falta atravesar ángulos no euclidianos. Son los mismos que invocan ciertos textos esotéricos al hablar de esas lógicas ocultas de la curva, esas bestias que acechan en los quiebres del tiempo. Hay quienes sugieren que habitan los ángulos agudos. Yo prefiero pensar que moran en las esquinas que la razón clausura. Mi madre, sin saberlo, me enseñó a doblar el espacio. Lo hacía cada tarde al disponer las sillas de la cocina en una configuración que no respondía a la utilidad, sino a un rigor invisible. Esa coreografía doméstica era ya un adiestramiento para la fuga.

Diseñar el artificio ha sido mi ocupación de estos años. Un artificio, dice el texto apócrifo, es una distracción incierta en la realidad, una ficción lo suficientemente densa como para que las bestias, que detectan el olor de la conciencia deslizándose entre mundos, la confundan con la presa. Yo he fabricado la mía con sintaxis. Este relato es una madriguera. En sus subordinadas he ocultado un vértice no euclidiano, y en sus pausas he sembrado el aroma del café recién hecho. Ese perfume que mi madre reconoce, aunque en su plano la cafeína sea una imposibilidad física. Mientras persigan estas frases, creyendo encontrar en ellas la grieta temporal, yo podré atravesar sin escolta el último ángulo. Allí, en Shambhala, no hay manuales de prohibiciones. Las escrituras afirman que el tiempo es un bucle que se degusta. Mamá me esperará con la cafetera sobre la mesa y el mantel liso. Hablaremos de lo pendiente. Yo le diré que el artificio funcionó.

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