Lee el podcast de EL SABIO QUE VINO DEL OCÉANO, POR JOSÉ LUIS CRUZ (ABUELO KRAKEN)
Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.
El sabio que llegó del océano por José Luis Cruz García Primera parte El encuentro en la fuente Anoche me encontré con mis viejos amigos Jefferson y Aloysius en nuestra fuente de sodas de costumbre. Ese establecimiento que ha permanecido en la misma esquina durante más de 30 años, con sus asientos de cuero gastado y sus espejos biselados, que reflejan la mediocridad de nuestras vidas cotidianas. Mientras departíamos sobre el último caso, un asunto tedioso de contabilidad fraudulenta a los muelles, Jefferson sacó una carta de su maletín con una deliberación que contrastaba extrañamente con la trivialidad de nuestras conversaciones previas. Tomen, puede que les interese leer esto.
Dijo, con semblante grave, colocando el sobre sobre la mesa, con un cuidado casi religioso.
La caligrafía era irregular, los trazos vacilantes, los márgenes se reducían conforme la letra progresaba hacia el final de la página. Era una misiva de un paciente que llevaba varios meses en el sanatorio privado de Jefferson, tras sufrir una crisis de histeria que hizo temer seriamente por su cordura mental. En sus delirios más severos, el hombre clamaba haber presenciado algo terrible en las afueras de la ciudad, algo que desafiaba toda clasificación dentro de los catálogos médicos que conocemos.
He visto cosas que ningún hombre debería, seres que desafían toda lógica anatómica, y oí una voz en mi cabeza, más allá del pensamiento, que anunciaba la venida de un dios antiguo. Jefferson se recostó en su asiento, alisándose el bigote con un gesto que bien conocía, su manera de manifestar escepticismo profesional.
Veamos, comenzó con esa confianza que caracteriza a los hombres de ciencia.
Seguro que solo es el mismo tipo de loco que vemos en los sanatorios.
Terapia de insulina, unas cuantas sacudidas electroconvulsivas y a dormir, amigo.
Así te los quitas de encima. Están más allá del bien y del mal.
Chiflados, todos y cada uno de ellos. Sus cerebros degenerados, incapaces de distinguir la realidad de sus propias alucinaciones químicas.
Algo en su tono demasiado defensivo, demasiado categórico, me hizo sospechar que ni siquiera él creía enteramente en sus propias palabras.
No todo es lo que parece, Jefferson. Repliqué con tono grave, apartando mi vaso de soda.
He visto cosas en esa isla que desafían cualquier explicación racional, y el hombre del que hablas no es ningún habitual de los manicomios.
Su expediente académico es impecable. Sus publicaciones sobre antigüedades oceánicas fueron respetadas en círculos eruditos. Su deterioro ha sido reciente.
Demasiado reciente como para atribuirlo a una enfermedad degenerativa del cerebro.
Su mente podría haberse roto al ser testigo de algo que ningún mortal debería presenciar.
Prosiguió al oísus con falsa expresión funesta, aunque sus ojos brillaban de genuina perturbación.
Tus tratamientos no bastarán para borrar lo que ha visto Jefferson.
El conocimiento adquirido no puede deshacerse tan fácilmente, ¿verdad? Una vez que la mente ha sido expuesta a ciertas verdades.
Soltó una carcajada, pero esta vez carecía de su mordacidad habitual.
El silencio se extendió entre nosotros como una manta mojada.
Quizás haya verdades en este mundo que no están hechas para la compresión humana.
Tercié y meditabundo, evadiendo sinceramente la burla, lo que los dejó profundamente perplejos.
Seres y lugares que desafían las lógicas de espacio y tiempo.
Realidades que coexisten con la nuestra, pero permanecen imperceptibles a nuestros sentidos convencionales.
¿Quién sabe que Arcanos pervive más allá de nuestra percepción? Esperando pacientemente el momento de revelarse.

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