Hay cosas en mi vida que, por mucho que pasen los años, no cambian.
Como que llegue el otoño y automáticamente sienta la necesidad de ver, por trigésima vez, Gilmore Girls. Volver a casa después de un mal día, pedir cena y refugiarme en un capítulo aleatorio de Sex and the City. Los libros que releo buscando exactamente la misma sensación o escuchar una canción en bucle porque parece escrita para ese momento concreto, como si de alguna forma me estuviera hablando directamente a mí.
Supongo que todos construimos pequeños refugios sin querer. Lugares a los que volvemos de manera automática, casi sin darnos cuenta. Cosas que terminan calmando nuestro sistema nervioso y nos hacen sentir, aunque sea por un momento, un poco más en casa.
Volver a las mismas historias, las mismas canciones o las mismas imágenes es una manera de recordarnos quiénes somos cuando todo alrededor cambia demasiado rápido.

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