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Desde la otra orilla · Jan 20, 2026

Cuando la industria se desconecta: la planificación de la red eléctrica llega tarde

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Abelardo Reinoso · Desde la otra orilla

España cerró 2025 con una demanda eléctrica próxima a los 256 TWh. Un crecimiento del 2,6%, según Red Eléctrica. Es el segundo año consecutivo al alza tras casi una década prácticamente estancada. A simple vista, una buena noticia.

Pero conviene no quedarse en el titular.

Una parte cada vez más relevante del consumo eléctrico, especialmente el industrial, ya no pasa por la red. En 2024, el autoconsumo fotovoltaico alcanzó los 9.243 GWh, el 3,7% de la demanda nacional, con 8.585 MW instalados, de los que un 76% corresponde a instalaciones industriales. En términos reales, hablamos de un gran parque de generación operando fuera del sistema convencional. Detrás del contador. Al margen de la planificación.

No es una cuestión ideológica ni una moda pasajera. Es una decisión económica y operativa.

En 2025 se solicitaron en torno a 40 GW de acceso y conexión a la red. Solo el 12% obtuvo autorización. Dos tercios fueron rechazados por falta de capacidad. El resto sigue bloqueado en trámites. La propia AELEC reconoce que esta situación está frenando proyectos industriales, desarrollos residenciales y despliegues de movilidad eléctrica. En muchos casos, el problema es aún más básico: hay promotores que ni siquiera llegan a solicitar acceso porque saben que el nudo está saturado.

El precio de la electricidad termina de cerrar el círculo. Según el barómetro de AEGE, un consumidor electrointensivo paga en España un 167% más por la electricidad que en Francia y un 43% más que en Alemania. En la práctica, competir pagando casi tres veces más que un homólogo francés. Francia ofrece electricidad nuclear a tarifa regulada en torno a 42 €/MWh. Alemania compensa con mayor intensidad los costes asociados al CO₂. En España, muchas industrias optan por generar su propia energía para reducir peajes, cargos y, sobre todo, incertidumbre regulatoria.

El efecto agregado es claro y preocupante.

Estamos avanzando hacia un sistema eléctrico a dos velocidades.
Por un lado, grandes consumidores con capacidad financiera y técnica para invertir en autoconsumo, almacenamiento y soluciones específicas que les garanticen acceso y precio.
Por otro, pymes y hogares que seguirán soportando una parte creciente de los costes fijos de unas redes que necesitan miles de millones de euros solo para ponerse al día.

El Gobierno ha anunciado inversiones por valor de 13.590 millones de euros en redes de transporte y distribución hasta 2030. Es un paso necesario, pero insuficiente. El propio sector admite que las necesidades reales son muy superiores. El problema ya no es anunciar planes. Es ejecutarlos a tiempo. Y hacerlo con un modelo retributivo que incentive de verdad la inversión. El 6,58% aprobado por la CNMC hasta 2031 nos mantiene en la parte baja de Europa.

Por eso, la pregunta clave no es si las empresas deberían conectarse a la red.
La pregunta es qué tiene que cambiar para que quieran hacerlo.

La respuesta pasa, al menos, por tres líneas de actuación claras.

Primero, revisar el modelo de retribución de las redes para situarlo en niveles comparables a los países con los que competimos y dirigir la inversión allí donde hoy existen cuellos de botella críticos.

Segundo, acelerar el refuerzo de infraestructuras y simplificar el acceso, con plazos claros, medibles y públicos para industria, centros de datos y nuevos consumos eléctricos.

Y tercero, planificar la red desde la demanda necesaria que permita el crecimiento económico del país, no solo desde la generación prevista desde los estamentos políticos. Industria electrointensiva, nuevos desarrollos urbanísticos, datos, logística y almacenamiento deben estar en el centro de la planificación, no en los márgenes.

Si este desequilibrio no se corrige, la red eléctrica española corre el riesgo de convertirse en una infraestructura cada vez más doméstica. Mientras tanto, la gran industria seguirá avanzando hacia un sistema energético paralelo. Más ajustado a sus necesidades. Menos integrado. Y, en conjunto, más caro para el resto.

La transición energética no va solo de instalar renovables.
Va de que la energía llegue.
Cuando se necesita.
Y a un precio que permita competir a quienes toman decisiones de inversión.
Esa es la conversación que España aún no ha afrontado de verdad.

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