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Desde la otra orilla · Mar 24, 2026

28-A: cuando forzar la transición energética acaba en apagón

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Abelardo Reinoso · Desde la otra orilla

El 28 de abril de 2025 no ocurrió un evento extraordinario. Ocurrió lo que pasa cuando un sistema eléctrico se opera al límite durante demasiado tiempo.

En segundos, la tensión se descontroló, las protecciones saltaron y la generación cayó en cascada. Resultado: un cero eléctrico, apagón total. Millones de personas sin suministro. Un país paralizado.

Un año después, ya no hay excusas técnicas. Los informes y los audios internos coinciden: había señales, había herramientas y había margen para evitarlo.

Lo que faltó fue voluntad para usarlas.

El 28-A no es un fallo del sistema. Es un fallo en cómo se decidió operar el sistema.

Durante casi dos semanas, operadores advirtieron de tensiones fuera de control, oscilaciones y comportamientos anómalos.

No es una interpretación. Está grabado.

Se sabía que el sistema estaba frágil. Se sabía que faltaba generación síncrona. Se sabía que la integración renovable estaba generando problemas de control que no se estaban compensando bien.

Y, aun así, no se corrigió.

Aquí es donde el problema deja de ser técnico. Porque cuando conoces el riesgo y decides no actuar, ya no estás gestionando un sistema: estás asumiendo una apuesta.

Y alguien la perdió.

Se ha repetido que no hubo alertas. Es falso.

Se ha dicho que fue un evento inédito. Es engañoso.

Se ha evitado hablar de responsables. Es conveniente.

Los hechos son otros: había inestabilidad, había avisos internos y había mecanismos disponibles que no se aplicaron con la contundencia necesaria.

Cuando desde el propio Gobierno se reconoce que “no debería haber ocurrido”, se está admitiendo implícitamente que el fallo fue humano, no físico. Consecuencia de un relato político que solo quiere hablar de renovables.

El problema es que una grave decisión equivocada no ha tenido consecuencias políticas. Y la sociedad permanece adormecida.

Aquí está el punto incómodo.

El sistema no se opera con rigurosidad técnica ni profesional. Se opera bajo presión política.

Durante meses, el foco institucional estuvo en maximizar la entrada de renovables y en sostener un relato de éxito basado en récords de generación verde. Eso condiciona decisiones. Condiciona la programación. Y condiciona los márgenes de seguridad.

Reducir la presencia de generación síncrona sin garantizar sustitutos reales de sus servicios no es una transición energética. Es una imprudencia técnica.

Porque nuclear y ciclos combinados no son solo energía. Son estabilidad. Son control de tensión. Son capacidad de respuesta.

Ignorar esto no es una opción técnica. Es una decisión política.

Y sus consecuencias son técnicas.

El sistema ha tenido que reaccionar. Más restricciones técnicas. Más ciclos combinados en operación. Más consumo de gas.

Más coste.

Lo que antes se consideraba “garantizado” ahora hay que pagarlo de forma explícita y urgente. Es el precio de haber tensionado el sistema sin rediseñarlo.

Y aquí hay una contradicción evidente: se empuja una narrativa de descarbonización mientras se incrementa el uso de gas para sostener la estabilidad.

No es una transición. Es una improvisación.

El marco regulatorio no ha seguido el ritmo del sistema. Eso ya no es discutible.

Pero más preocupante es la reacción posterior: evitar nombres propios, diluir responsabilidades y refugiarse en conceptos como “tormenta perfecta”.

Cuando todo es una tormenta perfecta, nadie es responsable.

Y cuando nadie es responsable, nada cambia.

El problema no es solo técnico. Es institucional.

Sin rendición de cuentas, no hay incentivos para mejorar.

La primera: seguir igual y confiar en que no vuelva a pasar. Es la opción más cómoda. También la más irresponsable.

La segunda: culpar a las renovables y frenar la transición. Es un error estratégico.

El problema no son las renovables. Es cómo se integran.

Ni el inmovilismo ni la reacción simplista resuelven el fondo del problema.

La alternativa exige asumir costes políticos.

Significa reconocer que:

  • El sistema se operó con márgenes insuficientes.

  • La estabilidad no estaba garantizada.

  • Y las decisiones no fueron solo técnicas.

A partir de ahí, hay que actuar:

  • Rediseñar códigos de red para un sistema de alta no sincronía.

  • Crear mercados reales de servicios de estabilidad.

  • Y someter la operación del sistema a un escrutinio técnico independiente.

Sin esto, lo ocurrido no es una excepción. Es un precedente.

El 28-A no es un debate sobre tecnologías. Es un debate sobre cómo se toman decisiones.

Puedes diseñar un sistema eléctrico con criterios de ingeniería. O puedes gestionarlo para sostener un relato político.

Lo segundo funciona… hasta que deja de funcionar.

Y ese día, el sistema cae.

Un cero eléctrico no es una anécdota. Es un aviso.

La cuestión es si se va a escuchar o se va a volver a ignorar.

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Y recuerda: 🔛 Si no hay energía no hay transición energética ⚠️

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Read the original on abelardoreinoso.substack.com

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