En 1986, la mina de Zollverein cerró. No hubo catástrofe ni derrumbe. Cerró porque ya no era rentable. Una decisión contable, de esas que se toman en despachos y que acaban con siglos de historia sin que nadie dispare un tiro. Quince años después, en 2001, la UNESCO la declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Quince años. En términos históricos es casi nada. Lo suficiente para que la decisión de conservarlo —tomada, curiosamente, una semana antes del último turno— se convirtiera en Patrimonio Mundial. Y para que llegaran los arquitectos, los museos, los centros de diseño y Rem Koolhaas. Sí, ese Rem Koolhaas. Uno de los nombres más caros y conceptuales de la arquitectura contemporánea, trabajando sobre una mina de carbón del Ruhr. Hay algo en esa imagen que no termina de cuadrar. Y que a la vez tiene una lógica perfecta. Koolhaas es el arquitecto de los museos icónicos, de los edificios que las ciudades encargan cuando quieren parecer sofisticadas. Que acabara trabajando en una mina del Ruhr solo se entiende cuando aceptas que Zollverein ya no era una mina: era un objeto cultural que necesitaba ser reinterpretado. Y para eso, era el hombre adecuado.
Zollverein nació en 1847 en la región del Ruhr. Fue durante décadas la mayor mina de carbón en activo del mundo. Cuando cerró, seguía siendo una de las más grandes de Europa. En su momento de mayor producción llegó a extraer más carbón que toda la cuenca asturiana junta. Un solo complejo, en Essen, superando a toda una región minera. Eso da una idea de la escala de la que estamos hablando.
Pero Zollverein no era solo eso. En 1927, los arquitectos Fritz Schupp y Martin Kremmer diseñaron el Shaft XII —el pozo principal— con una influencia clara de la Bauhaus: funcionalidad, racionalismo geométrico, simetría. Una mina que ya en su origen alguien quiso que fuera algo más que una máquina de extraer carbón. Es posible que eso explique, en parte, por qué no la tiraron cuando llegó el momento. Cuesta derribar algo que tiene esa pinta.
Aquí es donde entra lo que me resulta un poco raro. No mucho, pero sí lo suficiente como para comentarlo.
El cierre en 1986 no fue el primero de ese tipo en Alemania. La industria del carbón del Ruhr llevaba décadas en declive, comprimida entre el petróleo barato y la competencia de países donde los costes de la extracción de carbón eran mucho menores. Zollverein fue una más en esa lista. Los trabajadores que habían pasado su vida bajando al pozo se encontraron, de un día para otro, con que el pozo ya no servía para lo que había servido siempre. Y luego, quince años después, llegaron los visitantes.
Convertir el lugar donde la gente trabajó —donde bajaba al pozo, donde respiraba polvo, donde se ganaba la vida con el cuerpo— en un espacio para que otros vengan a mirarlo, tiene algo de raro. No digo que esté mal. Digo que es raro. Los visitantes de Zollverein son, en su mayoría, personas con tiempo libre y dinero para viajar, que pagan una entrada para contemplar las condiciones de trabajo de quienes se dejaban el lomo en aquellos espacios y que probablemente no tenían ni tiempo libre ni dinero para viajar. La estética industrial se ha vuelto muy atractiva (los lofts, los ladrillos vistos, las vigas de hierro), y a veces me pregunto si esa atracción tiene algo que ver con que ya no implica ningún coste real para quien la disfruta.
Hoy Zollverein tiene museos, centros culturales, espacios de formación y diseño. Es uno de los nodos principales de la Ruta Europea del Patrimonio Industrial. Atrae a cientos de miles de visitantes al año. Hubo quien propuso derribarlo para construir encima, pero algo se ha hecho bien si ahora es un atractivo turístico importante de la zona.
Eso es lo que no suele aparecer en los folletos del turismo industrial: que la decisión de conservar no es inocente, y que la de no hacerlo tampoco. Alguien —no sé quién exactamente, y me da cierta pereza inventármelo— decidió que valía la pena quedarse con todo. No conservar una parte, no quedarse con el edificio más fotogénico, no. Conservarlo todo. Todo el paisaje, todas las infraestructuras, todos los espacios de trabajo. Y aprender a vivir con la paradoja de lo que eso significa.
Una nota sobre cómo está escrito este texto: uso el método de escritura asistida de Tinta Artificial. La IA procesa, conecta y sintetiza. Yo decido qué preguntar, qué conservar y qué tirar. No sé si eso me convierte en autor o en editor. Probablemente en las dos cosas, que tampoco es tan distinto.
TRACKS Memory. Memoria industrial y paisaje cultural. Descubriendo 60 lugares del patrimonio universal,
Autor: Miguel Ángel Alvarez Areces
Edición bilingüe, en castellano e inglés
Editorial CICEES, Gijón abril 2026
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ÁBACO40 es fruto de la colaboración entre la editorial CICEES y Tinta Artificial
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