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Ábaco40 · Jun 22, 2026

El olvido del cuerpo

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El olvido del cuerpo, lo cualitativo y la dimensión afectiva del conocimiento en la era de la Inteligencia Artificial

Paula Lázaro
Graduada en Filosofía, Lengua y Literatura española por la Universidad Complutense de Madrid

Revista Ábaco, num 127, 2026.

En los últimos años, el término «inteligencia artificial» se ha incorporado con naturalidad al discurso público, ocupando titulares, debates académicos y conversaciones cotidianas. Cada mención suele venir acompañada de la promesa de un avance sin precedentes, de una ruptura radical con todo lo anterior e incluso de la inauguración de una nueva era del conocimiento. Sin embargo, lo que en este artículo se defenderá es que, lejos de representar una novedad absoluta, la inteligencia artificial constituye el extremo más reciente de una vieja ilusión propia de la filosofía moderna: la aspiración a una razón pura, separada del cuerpo, del mundo vivo y de la dimensión emocional humana.

Aunque esta aspiración tiene antecedentes anteriores, podemos situar en el siglo XVII un momento especialmente decisivo. Desde la Grecia clásica, el pensamiento occidental ha tendido a privilegiar una aproximación analítica a la realidad y ha establecido, de manera recurrente, una preeminencia de la mente sobre el cuerpo. La modernidad hereda y radicaliza estas tendencias. Una de sus características centrales será la división de la realidad en dualidades, en planos binarios organizados jerárquicamente. Ejemplos paradigmáticos son los binomios mente-cuerpo o razón-emoción, donde el primer término ocupa siempre la posición de dominio, incluso cuando entre ambos se establece una aparente desconexión radical.

Ante esta conceptualización moderna del mundo surgen varios problemas. El primero es que la realidad es presentada en compartimentos separados, cuando en realidad esta es continua e indivisible. El segundo es que estas divisiones se asumen como rasgos ontológicos, y no como construcciones conceptuales. Sin embargo, tal como recuerda de Garay (2007), «razonar supone abstraer: esto es, separar un aspecto relevante entre infinitos aspectos posibles. Abstraer es prescindir, negar una pluralidad infinita de determinaciones que configuran la forma pensada» (p. 36). La cita subraya que toda operación racional es, por naturaleza, un ejercicio de reducción: la mente selecciona, enfatiza y simplifica para poder pensar, pero en ese proceso deja inevitablemente fuera la complejidad del mundo vivido. La abstracción no refleja la realidad tal cual es, sino una versión filtrada y parcial de ella. Confundir este producto intelectual con la realidad misma conduce precisamente al error de tomar como naturales las divisiones que solo existen en el plano conceptual. El tercero de los problemas deriva del carácter jerárquico que adoptan estos dualismos: en cada par de opuestos encontramos un polo dominante y otro subordinado, lo que condiciona profundamente nuestra manera de interpretar y organizar la experiencia.

Esta estructura dual y jerárquica constituye, en buena medida, los cimientos sobre los cuales se ha construido la ciencia moderna, así como el caldo de cultivo del que emerge nuestra noción contemporánea de inteligencia, concepto que será analizado más adelante.

Gustavo Adolfo Bécquer.

A ello se suma la figura del sujeto moderno, conceptualizado en el seno del pensamiento cartesiano como una mente que observa el mundo desde fuera: un yo racional autosuficiente, capaz de dominar la realidad sin necesidad de encontrarse enraizado en ella. La inteligencia artificial puede interpretarse, en este sentido, como una prolongación tecnológica de ese sujeto: una razón sin cuerpo, un pensamiento sin mundo ni afectividad.

Ante esta cosmovisión moderna surge una pregunta de fondo: ¿es realmente posible comprender al ser humano como una entidad escindida, como una mente separada del cuerpo en una forma análoga a ciertos modelos de IA? La tesis que aquí se sostiene es que el ser humano constituye una unidad indivisible de mente, cuerpo y afectividad, y que la dimensión racional no agota en ningún caso la totalidad de la experiencia humana. Numerosos autores, desde la tradición filosófica a la estética, han defendido esta idea, y no es casual que algunas de las demostraciones más elocuentes provengan del ámbito poético. La poesía, por su capacidad para expresar lo cualitativo y lo emocional, revela aspectos de la existencia que difícilmente pueden capturarse mediante una lógica puramente racionalista o intelectual.

Read the original on abaco40.substack.com

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