Tengo una pila de libros empezados pendientes de terminar. Y no me refiero a haber hojeado las primeras páginas para hacerme una idea de lo que más tarde vendrá. Sino a una verdadera montaña de lecturas a medias, a las que ya he dedicado bastantes horas, días y noches, subrayando y anotando en los márgenes con la idea de volver a ellas y recordar.
La mayoría de estos títulos son ensayos o manuales sobre las materias que estoy estudiando para mi reconversión profesional. Aunque muchos son textos fundacionales de las disciplinas en las que estoy profundizando, otros tantos abordan temáticas diversas que, aunque relacionadas, me interesan de un modo más personal.
Cuando hay una curiosidad genuina por descubrir saberes, ya sean estos científicos, filosóficos, artísticos, vinculados con nuestra biología, con la espiritualidad y tantos otros, los hilos de los que tirar son infinitos. Casi siempre, ese deseo de aprender crece y se retroalimenta del propio acto de aprender, en un continuo del que es difícil zafarse cuando se hace desde la libertad y el anhelo de seguir desarrollándonos sin prisa pero sin pausa.
Adentrarse en una nueva área de conocimiento abre puertas inesperadas, a veces rendijas, por las que se cuela una luz que transforma la manera en que vemos y entendemos el mundo. Lo ensanchamos. Y nosotros medramos con él.
Siempre me ha fascinado escuchar el testimonio de personas mayores, más allá de los setenta o incluso de los ochenta años, que se atreven (por fin) a dar un paso hacia delante y emprender esos proyectos vitales o académicos que desde muy jóvenes desearon realizar, pero que, por circunstancias, no pudieron.
Matricularse en un grado universitario, aprender una lengua extranjera, inscribirse en un grupo de teatro, aficionado o no tanto, con el ánimo de algún día cumplir el sueño de actuar sobre un escenario, o coger por vez primera un pincel y plantarse frente a un lienzo en blanco. Están quienes deciden escribir el libro de su vida ahora que han recuperado la soberanía sobre su tiempo y apetencias; o aquellos que se lanzan a viajar por el mundo para descubrir los lugares y tesoros con los que, durante décadas, solo pudieron permitirse soñar.
Nunca es tarde para inventarse una nueva y vibrante realidad en la que sentirnos más despiertos y vitales que nunca. La edad, tantas veces utilizada como un freno insuperable o un puñal directo al corazón de quien se atreve a osar, no solo no es un obstáculo, sino que trae consigo los ingredientes raros y necesarios para conquistar nuestra autodeterminación: claridad, tiempo, compromiso y serenidad.
En París cultivo con ahínco la buena costumbre de observar mientras paseo o de pasear mientras observo. No sé cuál de las dos acciones va primero porque, cuando casi todo te llama la atención, ambas se confunden hasta convertirse en una sola.
En esta ciudad es sorprendente la cantidad de gente joven que hay por todas partes. A veces me entretengo intentando calcular mentalmente la media de edad de una terraza abarrotada o de una sección de muelle entre dos puentes un sábado cualquiera. La proporción de adolescentes y de adultos que no llegan a los treinta es abrumadora y refrescante, pues insufla una singular vitalidad a una urbe de apariencia clásica, con su sofisticada y elegante arquitectura haussmanniana, sus aristocráticos jardines y todo el legado histórico y patrimonial con el que uno se va tropezando a cada paso.
Pero también hay mucha gente mayor y activa que se mueve ágil y decidida por sus calles y librerías, por sus tiendas y cafés. Personas que llevan una vida social rica y visible, ocupando su lugar en esas mismas terrazas o restaurantes que, a quienes somos de fuera, nos parecen tan chic; visitando exposiciones, participando en presentaciones de libros y tertulias en espacios culturales o, simplemente, pasando la tarde a la sombra de un árbol en su asiento de siempre, al amor de una buena lectura.
Estos hombres y mujeres en ocasiones rozan o superan los noventa. Me lo cuentan las arrugas no disimuladas de sus rostros casi traslúcidos y las venas bien marcadas de sus huesudas manos. Muchos visten con un peculiar estilo propio entre la elegancia y la excentricidad. Y aunque su silueta comience a parecerse a la empuñadura de un bastón, no se arredran a la hora de adentrarse en las tripas de un metro donde escasean las escaleras mecánicas y las conexiones entre líneas prometen una larga caminata bajo tierra.
Me pregunto a dónde irán o de dónde vienen, de qué alforja mágica sacan el coraje y la fortaleza para seguir habitando con total autonomía una ciudad que puede llegar a ser áspera y poco amable.
Observándoles, una idea poderosa va pintando una sonrisa de alivio en mi cara. Pues su ejemplo me susurra que la vida puede ser larga y rica en etapas. Que es mentira aquello que nos contaron de que hay que destacar pronto, hacerse un hueco, a codazos si es preciso, no vaya a ser que lleguemos tarde al reparto de vidas extraordinarias.
Entonces entiendo, esperanzada, que cada edad tiene su para qué y su propósito, que el crecimiento, si nos lo proponemos, puede ser exponencial, sostenido y sin límite. Me doy cuenta de que, mientras las ganas y la salud nos acompañen, en una sola existencia pueden caber varias vidas, como una matrioska que va desplegando versiones de nosotros mismos cada cual más sorprendente y vivaz.
Y así, algo que ya intuía se vuelve certeza: la edad es solo un número y nuestra historia está hecha de piel, palabras y voluntad.
Un abrazo,
Irene
P. D. Las fotografías que acompañan esta Carta son propias (© Irene Román).
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.